Autor: Jesús García AizLa Mirada de la Fe

SUS HERIDAS NOS HAN CURADO

Al clausurar este pasado domingo la cumbre de tres días contra los abusos, en la que el Papa reunió a 190 eclesiásticos de todo el mundo, incluidos los 114 Presidentes de las Conferencias Episcopales, a fin de estudiar y poner en marcha soluciones urgentes a estas heridas sangrantes de la Iglesia, porque se trata de crímenes abominables que hay que extirpar de la faz de la tierra; así, el Papa reafirmó «la exigencia de la unidad de los obispos en la aplicación de parámetros que tengan valor de normas y no solo de orientación».

No obstante, el objetivo ha ido más allá de combatir los escándalos de abusos en la Iglesia. El Papa Francisco ha querido que esta lidere la lucha contra «un fenómeno históricamente difuso en todas las culturas y sociedades» y que «solo de manera relativamente reciente ha sido objeto de estudios sistemáticamente, gracias a un cambio de sensibilidad de la opinión pública sobre un problema que antes se consideraba un tabú, es decir, que todos sabían de su existencia, pero del que nadie hablaba».

Sin embargo, no se trata de echar balones fuera, pues la inhumanidad de estos hechos, a escala mundial, es todavía más grave y escandalosa en la Iglesia, porque contrasta con su autoridad moral y su credibilidad ética. De hecho, durante estos tres días de encuentro, el relato de las víctimas ha tenido un protagonismo central, obligando a la Iglesia a hacer examen de conciencia y a dotarse de mecanismos eficientes tanto para la prevención como para la respuesta que debe darse cuando se produce dentro de la comunidad eclesial una denuncia por abusos, dejando bien claro que la Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso.

En esta línea, la Iglesia ha lamentado la injustificable falta de atención a las víctimas y el encubrimiento de los culpables por parte de responsables de la Iglesia. De hecho, ante numerosos representantes de asociaciones de víctimas de abusos, el Papa así lo refirió, indicando que «en estos días hemos escuchado a las víctimas, y hemos pedido perdón a Dios y a las personas ofendidas».

Pero reconocido todo esto, en su discurso final ante la cumbre, el papa Francisco resaltó que estamos ante un problema universal y transversal que desgraciadamente se verifica en casi todas partes. Sin embargo, también es de justicia dar a conocer que la gran mayoría de eclesiásticos gastan su vida al servicio de los demás, sufriendo en ocasiones el desprestigio causado por compañeros indignos. Por la traición de algunos al ministerio.

Así pues, hablar sobre las heridas de la Iglesia en esta cumbre que tuvo lugar, ha sido invitar a la Iglesia a hablar sobre sí misma, sobre sus heridas, para poder sanarlas. Pues ha de movernos, en transparencia, la fidelidad y la confianza en Aquel que nos amó y que nos ama, que nos salvó y que nos salva, que nos sanó y que nos sana, porque sus heridas nos han curado.

Jesús García Aiz

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