Jesús García AízLa Mirada de la Fe

POR UNA FE QUE SE HACE CULTURA (III): TOLERADOS EN LA SACRISTÍA

El pluralismo ideológico y religioso ha sido más propiciado por la posmodernidad que por la modernidad. Pero es, en definitiva, una derivación directa del vacío provocado por la dictadura moderna de la racionalidad científico-técnica. Como el único tipo de pensamiento legítimo para la modernidad era el científico-técnico, todo lo demás fue abandonado a la pura subjetividad.

La consecuencia es que las grandes respuestas sobre el sentido y el significado de la vida humana han estallado en multitud de opiniones contrarias y opuestas que se dan cita en los programas de televisión y en los periódicos de cada día. Ante tantas visiones divergentes de la realidad, se produce la relativización de todas ellas y la consiguiente indiferencia. Se da por establecido que la verdad no existe, y que todo depende del punto de vista que se adopte. Con la auténtica religión, hoy compiten, en igualdad de credibilidad y relieve, las consultas astrales y las artes adivinatorias más fantásticas.

La palabra clave de esta situación cultural es la «tolerancia». Se nos dice que hay que aceptar todos los puntos de vista y todas las visiones de la realidad, porque lo contrario sería un atentado contra el dogma de la tolerancia. La consecuencia es que todo vale y nade vale al mismo tiempo.

El cristianismo es considerado como una opción religiosa entre otras, e incluso es desprestigiado por afirmar su fe en Dios y en Jesucristo como la verdad suprema y fundamental. Frente a la fe cristiana, surgen otras nuevas modas religiosas, normalmente importadas de oriente, que son consideradas más acordes con esta concepción relativista de la verdad.

Algunas corrientes políticas y culturales pretenden imponer, en nombre de una falsa e interesada concepción del carácter laico y aconfesional del estado moderno, lo que se ha llamado un «cristianismo de sacristía», es decir, el encerramiento de la fe cristiana en las iglesias y en los asuntos estrictamente religiosos. La calle y la plaza pertenecerían exclusivamente a los políticos, a los sindicatos y a los diferentes grupos culturales. Toda intervención de la Iglesia en los asuntos públicos es considerada una intromisión que desvelaría los deseos de poder de la institución eclesial.

El resultado es que todos los grupos políticos y culturales tienen derecho a expresarse y a controlar la sociedad, menos la fe cristiana, cuya intervención debe realizarse exclusivamente en el interior de los templos y en asuntos estrictamente religiosos. Quizás, de esta forma, podamos ser tolerados en la sacristía.

Jesús García Aiz

 

 

 

 

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