Jesús García AízLa Mirada de la Fe

PLANTEAMIENTOS Y ACTITUDES EN LA EVANGELIZACIÓN (II)

Como ya tuvimos ocasión de reflexionar, la Iglesia actual acepta plenamente los dos desafíos lanzados por la modernidad y la postmodernidad, el desafío del progreso y de la libertad. La Iglesia reconoce favorablemente los innumerables aspectos positivos de nuestra cultura moderna y postmoderna y reconoce su justa autonomía para desarrollarse libremente, sin la tutela ni del Estado ni de la misma Iglesia.

En esta perspectiva de diálogo fecundo con nuestra cultura contemporánea, la Iglesia ha recuperado y ha puesto al día lo mejor de su tradición, y ha reconocido su incidencia en muchos aspectos que caracterizan a la sociedad de hoy día. Pensemos, por ejemplo, en los valores que están plenamente vigentes, como el amor, las relaciones interpersonales, la solidaridad, la comunidad y la justicia, la verdad y la autenticidad, la necesidad consciente de compartir la responsabilidad, los derechos humanos y la igualdad de oportunidades, y la nueva reestructuración de las relaciones nacionales e internacionales sobre el fundamento del derecho de todos los seres humanos a una vida digna y justa. La Iglesia reconoce en todos estos elementos una clara influencia de la fe cristiana y, por consiguiente, los considera también algo propio y un lugar común para construir una verdadera civilización humana.

Pero la Iglesia, que es el testimonio viviente y consistente del Señor Jesús, no puede dejar de percibir los pensamientos, las actitudes y las acciones claramente destructivas que ha generado la cultura moderna y posmoderna. Concretamente, frente a la destrucción de la fe en Dios y de los múltiples atentados contra los derechos humanos, la Iglesia tiene el coraje de afirmar la necesidad de Dios y de la apertura del ser humano a Dios como el fundamento de una cultura auténticamente humana. La Iglesia descubre que aquellos elementos que están poniendo en peligro al ser humano son aquellos mismos elementos que contradicen el Evangelio. La cultura moderna y postmoderna corren el peligro de encerrarse en una involución agnóstica y amoral. La causa profunda de la grave crisis de civilización que nos afecta reside en el planteamiento de fondo de la modernidad y de la postmodernidad, es decir, en la exclusión sistemática de la presencia de Dios en el mundo y en el hombre.

Por ello, es necesario relacionar abiertamente los planteamientos y exigencias de la fe cristiana con todos los ámbitos y dimensiones que forman el entramado de nuestra cultura contemporánea, pues todos ellos son susceptibles de ser apreciados, evaluados y orientados a la luz del Evangelio.

Jesús García Aiz

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