Jesús García AízLa Mirada de la Fe

PLANTEAMIENTOS Y ACTITUDES EN LA EVANGELIZACIÓN (I)

No puede haber una auténtica inculturación de la fe si no reconocemos y aceptamos nuestro pasado cultural cristiano. Este pasado nos ha legado un conjunto de instituciones, tradiciones, costumbres y obras artísticas sin las cuales no seríamos hoy lo que somos, es decir, no tendríamos una identidad propia y específica.

Una mirada atenta a todo nuestro patrimonio cultural nos revela el enorme vigor y la influencia creativa de la fe cristiana en todos los ámbitos de la vida nacional y local Desde las catedrales hasta las pequeñas iglesias, desde las costumbres hasta la cocina, desde las tradiciones hasta las formas de pensar y de sentir, todo ha sido «sazonado» e «iluminado» por el cristianismo. No ser consciente de ello, o no darle la debida importancia, nos convierte en miopes de la historia, en cómplices del totalitarismo de la modernidad, para la que todo cuanto existía antes de ella es completamente criticado o eliminado, y, lo que es más grave, en enemigos de la encarnación de Cristo en la historia real de los hombres de cada generación.

El reconocimiento de nuestro patrimonio cultural nos debe llevar a plantear formas de pensar y de actuar ecológicas y respetuosas. Hemos de valorar nuestra catedral y nuestros templos, con todas las obras artísticas que contienen, como también debemos cuidar y proteger nuestras costumbres y tradiciones más singulares. Entre ellas destacan la celebración de la Navidad, la Cuaresma con sus ayunos y penitencias, la Semana Santa con sus oficios y procesiones, las romerías a los santuarios marianos y las fiestas patronales.

La actitud ecológica ante nuestro patrimonio nos exige no sólo su conservación sino también el desarrollo de todas sus potencialidades. En esta perspectiva, habría que evitar las diferentes agresiones que se realizan contra el patrimonio cultural cristiano invocando para ello las más variadas razones. En contra, habría que plantear una revitalización de las fuerzas generadoras de cultura y tradición cristiana que todavía laten en las diversas celebraciones tradicionales de la fe. En la perspectiva de la inculturación de la fe, nada que sea objeto de conexión entre la vida y la fe debe ser desaprovechado o invalidado.

Si sólo nos dedicásemos a conservar y potenciar los elementos tradicionales, entonces no sólo nos imposibilitaríamos para un diálogo con la cultura dominante de nuestra sociedad, sino que además reduciríamos la fe cristiana a una experiencia particular y aislada sin capacidad alguna para ser «sal» y «luz», verdadero fermento, en nuestra situación actual.

Jesús García Aiz

 

 

 

 

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