Jesús García AízLa Mirada de la Fe

PELIGROS POR EVITAR EN LA EVANGELIZACIÓN

La reducción de la fe a simple elemento de la cultura tradicional o moderna tiene lugar cuando las diferentes acciones de los cristianos se diluyen en lo puramente trascendente o en lo puramente inmanente. Es decir, cuando los cristianos se dedican solamente a celebrar a Dios y pierden de vista al ser humano real, o cuando se dedican tanto al compromiso por la humanidad que pierden de vista a Dios.

Este peligro acecha tanto a la práctica tradicional de la fe como a la práctica progresista de la misma fe. En efecto, mientras las prácticas tradicionales se disuelven en fiesta y arte, las prácticas más progresistas se diluyen en lo político o en lo ideológico. Estas mantienen un revestimiento cristiano de sus opciones fundamentales, pero en realidad, el Evangelio ha dejado de ser para ellas un punto de referencia configurador del pensamiento y de la acción.

Otro peligro es la separación entre fe y cultura, que acecha tanto a los cristianos de cierta elite como a aquellos que no se plantean ninguna relación entre la fe y la vida o la fe y la cultura.

Para los primeros, no existe ninguna posibilidad de realizar la unión entre la fe y la cultura tradicional y moderna, y prefieren permanecer encerrados en sus grupos de cultivo cristiano sin contaminarse con la sociedad. Sin embargo, los segundos constituyen el grupo mayoritario. Estos son cristianos porque han sido bautizados, pero se han ido habituando a vivir sin responder a las cuestiones sobre Dios y sobre las implicaciones de su fe cristiana en todos los aspectos de la vida. El resultado es que ya no perciben la presencia de Aquél que, en otro tiempo, era considerado el fundamento y el sentido de la vida humana. Son indiferentes no sólo a la fe cristiana sino a la búsqueda religiosa de cualquier índole.

La fe cristiana nunca ha consagrado unas relaciones culturales determinadas. Ha sido siempre consciente de las inevitables contradicciones que acompañan toda acción humana. Por eso su papel y función en el seno de las sociedades y de las culturas se ejerce a través del discernimiento, criticando y denunciando aquello que contradice el Evangelio, pero también reconociendo y potenciando todo lo que de bueno, verdadero y bello hay en los seres humanos y en sus culturas.

Una constante y permanente oposición a nuestra cultura actual conduce a una imposibilidad de diálogo y, por consiguiente, de auténtica evangelización. Muy orientadoras, en esta perspectiva, fueron las palabras del Papa san Juan Pablo II, al decir que: «hay que ponerse a la escucha del hombre moderno para comprenderlo y para inventar un nuevo tipo de diálogo que permita llevar la originalidad del mensaje evangélico al corazón de las mentalidades actuales».

Jesús García Aiz

 

 

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