Jesús García AízLa Mirada de la Fe

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

La brújula sirve para indicar el Norte. La existencia de un Norte establece una orientación, un trazado con el que contar. Al peregrino o al viajero puede sucederle, cuando saca la brújula de su bolsillo, que esta haya dejado de funcionar. Pero en ese caso el viajero sabe que el problema es de la brújula y no se le pasa por la cabeza poner en duda la existencia del Norte.

Ahora bien, vamos a tomar la brújula como metáfora de la relación que mantenemos con el sentido. De hecho, hubo un tiempo en que las fuentes de sentido (religiosas, políticas, éticas, etc.) ejercían una atracción capaz de polarizar y de asegurar todas las búsquedas. Esas fuentes tenían el magnetismo asertivo de la aguja de una brújula y las respuestas que daban parecían simples, naturales e incuestionables.

Pero se han sucedido cambios y rupturas culturales. Y se ha dado el paso que podríamos describir así: para orientarnos en nuestros viajes hemos dejado de recurrir a la brújula y hemos pasado a utilizar el radar. ¿Qué significa esto? Significa que ya no estamos ligados a una orientación precisa. Es verdad que el radar va en busca de su objetivo, pero esa búsqueda implica ahora una apertura indiscriminada, plural, móvil. Es decir, con la brújula se nos apuntaba claramente un Norte, y solo una dirección: el radar viene a potenciar y a hacer más compleja la búsqueda. Se diversifican las señales y se multiplican igualmente los caminos. Las vías de la búsqueda espiritual han dejado de tener un sentido único.

Hoy estamos ante un cambio adicional porque, más que invertir en la búsqueda de señales, ahora lo que hacemos, sobre todo, es garantizar la posibilidad de recibirlas. Si antes el radar estaba a la búsqueda de una señal, hoy somos nosotros quienes buscamos un canal de acceso a través del que puedan pasar los datos. Sin embargo, sigue siendo necesario que emprendamos la búsqueda. Por lo tanto, el problema actual no es tanto encontrar el mensaje de sentido, sino descodificarlo.

Ciertamente, los tiempos están cambiando. Y los tiempos de cambio son inspiradores, no lo olvidemos. ¿Qué nos están diciendo? Es una pregunta necesaria. ¿Qué es lo que nos revela esta avalancha cultural? De hecho, la gran crisis, la más aguda, no es ni siquiera la de los acontecimientos, decisiones y deserciones que nos han traído hasta aquí. Día a día se sobrepone un problema mayor: la crisis de la interpretación. Es decir, falta un saber compartido sobre lo esencial, sobre lo que nos une, sobre lo que puede servir de base, para cada uno como individuo y para todos como comunidad, los modos posibles de reinventarnos y repensarnos. Se trata de estar atentos a interpretar hoy los signos de los tiempos.

Jesús García Aiz

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