Jesús García AízLa Mirada de la Fe

LIBERTAD DE PENSAMIENTO Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Hoy en día todos afirmamos la importancia de la libertad de pensamiento y de la libertad de expresión. Sin embargo, con frecuencia vivimos inmersos en un ruido ambiental que intoxica la praxis de ambas libertades. Este ruido ambiental es externo, pero también interno. Las causas de esta intoxicación radican en actitudes personales y sociales que deberíamos cambiar para neutralizar sus consecuencias negativas. Un primer ejemplo de actitud tóxica es la de la gente que siempre se queja. No encuentra nada positivo ni a nadie que haga las cosas bien, y viven como si estuvieran enfadados con el universo. Otra actitud negativa consiste en instalarse en una lamentación constante por los agravios recibidos y en la tendencia a buscar culpables. Afortunadamente, también hay muchas personas sanas y maduras.

Entre los elementos de intoxicación social podemos subrayar, en primer lugar, la falta de calidad democrática de nuestra sociedad. El comportamiento y el lenguaje, tanto por parte de dirigentes políticos como por parte de la ciudadanía en general, responden a una etapa primitiva de aprendizaje de la democracia marcada por comportamientos infantiles y adolescentes más que por actitudes propias de la madurez.

Pensar con libertad en medio de este condicionamiento personal y político no es nada fácil. Esta intoxicación también limita la calidad de la libertad de expresión que, en gran parte, es fruto de la libertad de pensamiento. Sin embargo, la libertad de pensamiento y la libertad de expresión son posibles si las vivimos de forma consciente y con serenidad. Entonces la misma dificultad que las condiciona puede convertirse en un estímulo potente para profundizar en la naturaleza y en el ejercicio de estas libertades.

Para avanzar por el camino hacia el sentido de la vida, hay que empezar por renovar nuestra libertad de pensamiento y esto depende de la madurez personal, de la madurez democrática y de la madurez espiritual. La madurez personal nos conduce a tener un pensamiento propio e independiente, pero dialogante y acogedor. La madurez democrática nos va abriendo a respetar un gobierno de la mayoría, pero que siempre respeta las minorías y busca el bien común. La madurez espiritual hace que la madurez personal y la democrática se abran a un horizonte sin límites y, como consecuencia, que se relacionen, armonicen y enriquezcan entre sí.

La libertad de pensamiento maduro es la base y el fundamento de la calidad de la expresión personal y social porque genera un diálogo de altura. Se trata de aprender a establecer un diálogo social edificado sobre la claridad, la mansedumbre, la confianza y la prudencia. Por muy intoxicado que esté el ambiente, este diálogo social irradia destellos de luz para seguir caminando en el mundo de hoy.

Jesús García Aiz

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