DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO, por Manuel Pozo Oller
Candiles encendidos

La parábola que proclamamos este domingo XXXII del Tiempo ordinario, coincidiendo con el día de la Iglesia diocesana, es exclusiva del evangelio de san Mateo (25,1-13). Se sitúa dentro del “discurso escatológico” (caps. 24-25), que trata sobre las preguntas que nos hacemos sobre el más allá.
La comunidad de seguidores de Jesús no vive su mejor momento pues, con el paso del tiempo, ha caído en la rutina y el desaliento, herida en la esperanza por el retraso de la venida de Jesús en gloria (parusía).
La situación que vive la comunidad reclama volver al amor primero para reavivar las lámparas de la esperanza y empeñarse con nuevo ardor en anunciar a Jesucristo y trabajar por la construcción del Reino de Dios. Hay que dejar de estar embobados mirando al cielo para mancharse las manos en la construcción de un mundo nuevo.
La belleza del texto no debe distraernos de la clave principal del relato que es la vigilancia, que supone estar espiritualmente en forma, con los ojos bien abiertos, sin dejar entrar el desánimo en nuestras vidas ni en la vida de la comunidad. El aceite no significa otra cosa que el alimento de la gracia divina que sostiene y hace lucir los candiles de nuestra existencia.
El relato es continuación de la parábola del criado fiel y del díscolo (Mt 24, 45-51). La escena descrita de la fiesta nupcial está tomada de la vida real. En la ceremonia del matrimonio ocupaba lugar importante el traslado de la novia a la casa del novio. Previamente había que acordar y negociar entre el padre del novio y los parientes de la novia los regalos que debía recibir la familia de la consorte. El acuerdo, con frecuencia, se alargaba. En nuestro caso no se acabó el ritual “hasta medianoche”. Esta circunstancia, de retraso del esposo era, en cierta manera, habitual.
Las muchachas, previsoras y descuidadas, se quedaron dormidas ante la tardanza de la comitiva. La diferencia entre las doncellas dormilonas y las descuidadas consistió en la provisión del aceite.
Y de aquí se deduce la enseñanza de la parábola. El aceite, de siempre alimento básico y polivitamínico, es símbolo de Jesús, alimento de la comunidad. Comprendiendo el significado del aceite no extraña que las doncellas previsoras no compartan esta experiencia personal con las descuidadas. En consecuencia, esta experiencia que nutre y alimenta el alma, no es delegable ni se puede en manera alguna prestar.
El novio de la parábola, como venimos diciendo, es Jesús desposado con la humanidad. Nosotros, personalmente y en comunidad, estamos convidados al banquete. Ahora nos resta velar con los candiles encendidos, sin descansar, a que el Mesías venga, aunque no conozcamos «ni el día ni la hora».
Manuel Pozo Oller
Párroco de Ntra. Sra. de Montserrat





