Jesús García AízLa Mirada de la Fe

¿DE QUÉ NOS SALVA DIOS?

La naturaleza humana está llamada a trascender todos sus límites: la muerte, la injusticia, la desesperanza. De ahí que, para el creyente, Dios haya tomado la iniciativa y salga al encuentro del ser humano para trascender el horizonte de una vida sin esperanza. De hecho, en la vida y muerte de Jesús, Dios ofrece una plenitud que no está alejada de los gozos y esperanzas, alegrías y tristezas de los seres humanos, pero que solo será plena cuando alcance a todos. Pues bien, este es el proyecto de salvación que Dios tiene para cada uno de nosotros.

La palabra «salvación» casi ha desaparecido del lenguaje cotidiano; en un mundo donde los seres humanos pretenden controlar por sí mismos su destino, pareciera una palabra trasnochada. Solo se utiliza en las escasas situaciones que el resultado feliz no está en manos del propio individuo: el enfermo que supera una enfermedad grave o la persona que sobrevive a un choque frontal dicen de forma espontánea y llenos de alegría que se han «salvado»; quienes estuvieron internados en un campo de exterminio y son liberados hablan igualmente de haberse «salvado» … El lenguaje religioso sí utiliza profusamente la palabra «salvación».

La pregunta que debiéramos formularnos debe ser: ¿de qué nos salva Dios? Desde luego, la salvación que él ofrece no se sitúa en el mismo plano que las ofrecidas por la ciencia y las transformaciones sociales. Si consultamos a nuestros abuelos para saber qué evoca en ellos la palabra «salvación», nos hablarán probablemente de la «salvación eterna» que es una dimensión de la salvación, pero no la única. La salvación puede referirse también a otras tres realidades: la victoria sobre el pecado, la superación de la muerte y la sed de infinitud.

En el evangelio de san Lucas, podemos leer la escena de los pastores de Belén escuchando un pregón que decía: «Os anuncio una gran alegría; os ha nacido un Salvador» (Lc 2, 10). La victoria sobre el pecado, la superación de la muerte o el ansia de infinitud no son algo que puede conseguir el ser humano por sí mismo, necesita recibirlas de Dios. O se reciben de Dios o el ser humano ha de resignarse a una existencia menguada, porque las tres se refieren, en última instancia, al éxito o al fracaso global de la vida.

Las tres formas clásicas de entender la salvación (llegada del reino de Dios, victoria sobre el demonio, erradicación del pecado) llevaban consigo la idea de que salvar era librar o liberar de algo. En este sentido, salvación es liberación y ello puede considerarse gramatical y doctrinalmente una instrucción y una convicción constante del cristianismo. De ahí que, si toda teología es doctrina de salvación, es también por lo mismo doctrina de liberación.

Jesús García Aiz

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