Jesús García AízLa Mirada de la Fe

DE LA MUERTE A LA VIDA (I): REVIVIR NO ES RESUCITAR

El Diccionario de la Real Academia Española define la resurrección como «volver a la vida un muerto». Añade después que la resurrección «por excelencia es la de Jesucristo» y para terminar incluye en esa categoría «la de todos los muertos, en el día del juicio final». Y es que de lo que habla el Diccionario de la Real Academia es de una «revivificación» (volver a la vida). Eso fue lo que les ocurrió a Lázaro, a la hija de Jairo y al joven de Naín, que revivificaron, que volvieron a esta vida mortal y, por lo tanto, algún tiempo después les llegó nuevamente la muerte. Sin embargo, Jesucristo fue «el resucitado por excelencia», porque no volvió a esta vida mortal, sino que entró en la vida eterna, donde «ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo se ha desvanecido» (Ap 21, 4).

Los libros del Nuevo Testamento coinciden en que Jesús resucitado se apareció durante cuarenta días en distintas ocasiones a los que habían sido sus discípulos. La experiencia vivida en el Calvario fue tan perniciosa para la incipiente fe de todos ellos que era imprescindible hacerles comprender que Jesús había vencido a la muerte.

Dice el Nuevo Testamento que, «al tercer día» después de su muerte, Jesús resucitó; pero propiamente lo que tuvo lugar el tercer día no fue la resurrección, sino la primera aparición del Resucitado a los discípulos. Él empezó a vivir su vida nueva en el mismo instante de la muerte, aunque solo tres días después se manifestó a los demás lo que había ocurrido.

Por desgracia, ni nosotros podemos imaginar lo que «veían» los discípulos cuando el Resucitado aparecía ante ellos, ni ellos pudieron expresarlo adecuadamente. Les faltaban palabras, porque el vocabulario de cada pueblo solo dispone de expresiones para describir aquello que forma parte de su experiencia y lo perteneciente a la vida eterna es «lo que jamás vio ojo alguno, lo que ningún oído oyó, lo que nadie pudo imaginar» (1 Cor 2, 9).

Los discípulos comprobaban que tras la resurrección Jesús era él mismo, pero no era el mismo: se hacía presente súbitamente, estando cerradas las puertas (cf. 20, 19), y después desaparecía también de repente; en un primer momento no le reconocían (cf. Lc 24, 16; Jn 20, 14) y cuando por fin lograban reconocerle descubrían que había desaparecido… Evidentemente, nada de eso ocurrió en el caso de las «revivificaciones»: nadie tuvo dificultad para reconocer a Lázaro o al joven de Naín cuando volvieron a esta vida mortal, porque, en efecto, revivir no es resucitar.

Jesús García Aiz

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