Jesús García AízLa Mirada de la Fe

COMENZAMOS EN ADVIENTO

Inmersos en el tiempo litúrgico del Adviento, comenzamos esta nueva andadura tras el relevo trienal de mi apreciado antecesor. Gracias, querido Ramón, por habernos mostrado, con tu insustituible estilo de frescura, una atenta y entretenida «mirada desde la fe». Como ya te dije en privado, espero atinar y sintonizar, pues el listón anda muy alto.

Y ya en materia, comencemos por el Adviento, término que procede del latín «adventus Redemptoris» (venida del Redentor) y que constituye el primer periodo del año litúrgico. Y es que el tiempo de Adviento nos prepara y dispone para celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios, Señor y Salvador nuestro.

Pero uno de los signos que nos acompañan en este camino es la corona del Adviento. Una costumbre, que procedente de Alemania se ha extendido ya por muchos países. Sobre ella se asientan cuatro velas, que representan los cuatro domingos que configuran el tiempo litúrgico del Adviento en la liturgia romana. Pues bien, tres de esas velas de la corona suelen tener el color morado, propio de las vestiduras litúrgicas de este tiempo. Un color que representa la austeridad, la penitencia y la llamada a la conversión con la que nos preparamos para acoger en nuestros corazones al Hijo eterno de Dios.

La tercera vela suele tener un color rosado, que se corresponde también con los ornamentos litúrgicos que se usaran este mismo domingo, como signo de aliento y de alegría ante la inminente natividad del Señor. Así, la misa de este domingo comienza con la antífona de entrada «Gaudete», que significa «alegraos». Y en el centro de la corona, se suele colocar una vela más grande, o bien un cirio de color blanco, que representa a Jesucristo, cuya luz en su venida esperamos recibir. Por ello, en cada uno de los domingos del Adviento se va encendiendo una de las velas, hasta llegar al cirio blanco que se enciende precisamente en la misa de Nochebuena.

Y en este ambiente de espera y esperanza, este pasado sábado, en pleno corazón del Adviento, celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, dando gracias al Señor por ese privilegio que anticipa nuestra propia fidelidad a los dones de Dios. En efecto, ante la prerrogativa divina de su Inmaculada Concepción, los penitentes que se acercan al confesionario y las religiosas de vida contemplativa que responden desde el torno, han saludado durante siglos con la invocación «Ave, María Purísima», respondiendose: «Sin pecado concebida».

María es modelo de fe y esperanza en el Adviento. El saludo del ángel la reconoce como la agraciada por el Señor, la agraciada como nadie porque creyó y esperó. Sobre ella se ha derramado el favor gratuito de Dios. Que ella interceda por nosotros.

Jesús García Aiz

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