Jesús García AízLa Mirada de la Fe

¡AY DE MÍ SI NO EVANGELIZARE!

Para poder sembrar la semilla de la fe, es fundamental preparar el terreno para que pueda ser acogida en su seno, pueda arraigar y, finalmente, crecer y ganar altura. Preparar la tierra es la condición de posibilidad. Si la semilla es muy bella y muy potente, pero se vierte en una superficie impermeable, estéril, árida y pedregosa, no subsistirá y todo su potencial se perderá.

La búsqueda espiritual es un punto de partida, un principio de vida interior. La nueva evangelización requiere de un delicado cuidado de los entornos, una atención a la sed espiritual que emerge en ámbitos profanos de la sociedad, una comprensión de la nostalgia de Dios que hay en todo ser humano, su deseo de vivir una vida con sentido, de hallar una razón por la cual merezca la pena darlo todo.

Proponer a Cristo en el mundo significa superar la tendencia a la privacidad, dar testimonio de Él en la vida pública de tal modo que sea presentado como un horizonte de vida creíble y razonable, como una propuesta que libera, pacifica y apacienta; como un acontecimiento que transforma a la persona y a las comunidades.

Evangelizar es, al fin y al cabo, propiciar este encuentro, suscitarlo, crear las condiciones para que tenga lugar. El encuentro no depende, en último término, del fiel cristiano, pero puede propiciarlo y sugerirlo con palabras y gestos, con su propia experiencia. El encuentro depende, en último término, de Dios.

Si el receptor de la evangelización detecta que el cristiano vive su fe como una fuente de felicidad y de paz; si observa que tal experiencia le transforma y le da serenidad, el receptor experimentará interés y deseo de vivir este encuentro; sentirá ilusión por dejarse hallar por Dios.

La alegría y el entusiasmo, que nacen de las profundidades del ser, no se pueden imponer; tampoco se crean artificialmente. Se manifiestan espontáneamente, por convicción. La nueva evangelización requiere de cristianos que sean capaces de irradiar este entusiasmo en la sociedad, el entusiasmo que emana de sentirse amado incondicionalmente por un Dios cuya naturaleza es amar. No andaba nada equivocado Nietzsche cuando decía que los cristianos serían más creíbles si fueran más alegres.

Se evangeliza con gozo por ser portadores de aquel anuncio (de la buena noticia) que colma de alegría y esperanza. Así, si el evangelio son las albricias del Dios con nosotros, del Reino y Reinado de Dios aquí y ahora, del ya sí pero todavía más, entonces la evangelización no es una opción para la Iglesia. Es su deber, es su razón de ser, es su misión fundamental (cf. Mt 28, 19-20). Si no, ¿cómo construir el Reino de Dios? Ya lo decía san Pablo: ¡Ay de mí si no evangelizare!

Jesus García Aiz

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