Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ANALIZANDO NUESTRO TIEMPO ECLESIAL (VI)

Personalmente, considero que el camino que nos propone el pontificado actual es el de una renovación profunda, que vaya hasta las entrañas del cristianismo, desde las que sacar fuerzas para afrontar un tiempo nuevo, conscientes de que se agota una forma de vivir el cristianismo y de articularse la Iglesia que ha perdurado durante siglos, pero también de que esto supone necesariamente un nuevo proceso de inculturación del cristianismo, porque su novedad sigue teniendo vigencia para el hombre y la sociedad de hoy.

Creo que también se nos invita a reconocer que en lo que está naciendo entre nosotros existen signos de la presencia del Espíritu y de su voluntad en el quehacer de la historia. Creo que esto nos obliga a discernir qué existe de su presencia en cada momento y en cada situación, qué hay de evangélico y qué no, con el fin de recibir con alborozo los cambios necesarios, vengan de donde vengan, pero también a saber ser pacientes, porque no todo es claro y diáfano, ni es tan evidente, y corremos el riesgo de arrancar el trigo con la cizaña (cf. Mt 13, 25-30). Y se nos obliga asimismo a acompañar los procesos de cambio a los que nos vemos abocados, con el fin de que no solamente den fruto, sino de que las personas que los padecemos vivamos el cambio como una oportunidad y no como un castigo bíblico.

Sean nuestras opciones y decisiones personales o sean los cambios sociales y culturales quienes desencadenen y susciten dichos cambios, nuestra misión es reconocerlos, incluso intuirlos antes de que se manifiesten. Mantenernos atentos a los signos de los tiempos, para estar preparados, poderlos acoger, asimilar y acompañar. Esto nos abre algunas preguntas que considero pertinentes: ¿qué esperanzas y qué necesidades se manifiestan en nuestro entorno que están reclamando cambios? ¿Qué procesos suscitar para que estas esperanzas y estas necesidades no se queden en simples deseos? ¿Cómo concienciar a los que nos rodean para que sean protagonistas y no solamente espectadores o sufridores de sus consecuencias?

Para dar respuesta a estas preguntas, deberemos orientar nuestra mirada en una doble dirección: una primera, hacia la vida cristiana, con el fin de construirla, para que tenga hondura y sencillez evangélica, de forma que adquiera el carácter contagioso que la debe caracterizar, y una segunda, hacia el contexto en el que vivimos la fe, con el fin de abrir cauces de diálogo con él, de forma que sus esperanzas y angustias nos interpelen y nos permitan la renovación necesaria, y para que la fuerza del Evangelio, entrando en las entrañas de este mundo, sea capaz de dinamizarlo y empujarlo hacia una realización más plena de la voluntad de Dios.

Jesús García Aiz

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