Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ANALIZANDO NUESTRO TIEMPO ECLESIAL (III)

Antes de dar respuesta a esta problemática que venimos reflexionando, y con el fin de hacerlo de una forma más adecuada, deberemos analizar sus causas más profunda. Dos son las fuentes de las que proceden estos cambios. Una, los cambios sociales a los que nos hemos referido ya con anterioridad, que debernos considerar como lugares teológicos desde donde Dios nos habla, “signos de la época”, como dice Gaudium et spes (cf. GS 4), y otra, la fuerza y la frescura misma que brotan del Evangelio cuando no le ponemos bozal.

En efecto, el Espíritu, que, como un fuerte viento, todo lo renueva, aventando la paja y separándola del grano (cf. Mt 3, 12). El Evangelio, que, como el arcón del que habla el evangelista Mateo, nos permite conservar lo mejor de nuestra tradición atesorada durante siglos, pero al mismo tiempo nos sorprende con novedades que se guardaban en su interior y de las que nosotros no habíamos caído en la cuenta (cf. Mt 13, 53); que, como una luz, nos permite orientar nuestros pasos por los caminos del presente, al mismo tiempo que ilumina nuestro futuro, que sentimos incierto (cf. Sal 119, 105), porque el ocaso de una forma de cristianismo no es ni exige necesariamente su final.

Y así, la desaparición del otrora sistema ideológico, religioso y político en el que se había encarnado y apoyado el cristianismo, el denominado “régimen de cristiandad” no significa su desaparición. Aunque quizás tal vez sea necesaria, incluso indispensable, la desaparición de aquel régimen de cristiandad, allá donde quede aun rastro, para la pervivencia del cristianismo en las circunstancias históricas actuales y en las nuevas que quedan por llegar, pues ya hay indicios suficientes de formas de vida cristiana que nos permiten intuir por dónde debemos caminar, todos ellos motivados por el cambio de época señalado hoy por el Papa Francisco.

Probablemente, la dificultad mayor con la que hoy se encuentra el cristianismo es la ruptura con la cultura actual, como ya denunciaba Pablo VI en Evangelii nuntiandi (cf. EN 20). El concilio Vaticano II había pretendido abrir un diálogo con el mundo moderno. Gaudium et spes fue, sin duda, el mayor intento de este diálogo en la historia reciente de la Iglesia católica tras tantos años de recelos.

Pero, incluso así, una mirada crítica sobre dicha constitución, sobre su desarrollo y aplicación posterior, nos permite caer en la cuenta de cómo este diálogo, que ya entonces estuvo lleno de dificultades, no deberíamos considerarlo como una toma de postura definitiva en los temas planteados, sino como una orientación sobre la dirección que debemos mantener en nuestro diálogo con la sociedad actual, porque, dados los nuevos retos que tenemos ante nosotros hoy, aquello resultaría insuficiente.

Jesús García Aiz

 

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