Autor: Jesús García AizLa Mirada de la Fe

ALEGATO A LA ESPERANZA

Mari Luz Cortés, Ruth y José Bretón, Gabriel Cruz, Aylan y Galip Kurdi, Julen Roselló, … Ellos, los arrebatados por la muerte prematuramente, y así, tantos y tantos pequeños e inocentes niños que, asesinados vilmente, o bien fallecidos en un terrible y dramático accidente, o siendo víctimas de la fatal desgracia por intentar alcanzar (cruzando el mediterráneo) el sueño y anhelo de lograr vivir y habitar en un lugar donde impere la paz, la libertad y la justicia, han conseguido desgarrar y cercenar nuestro corazón. Ciertamente, sus vidas e historias nos han llegado al alma.

Y no quedan solo en nuestro recuerdo y en una esperanza fugaz finalmente frustrada, porque de las iniciales esperanzas humanas debemos pasar a la Esperanza, la Esperanza del que todo lo espera. Estos niños fueron y son amados por sus padres, y debido a la repercusión mediática del drama de su desenlace fatídico, queridos por toda la sociedad humana. Es una cuestión de amor, de la solidaridad del amor, y en este asunto se dan de la mano la fe y la esperanza. De hecho, el amor fundamenta la fe que todo lo espera. Por ello, necesitamos amar para creer y esperar, y necesitamos esperar contra toda esperanza, es decir, contra toda desesperanza.

Así, el lenguaje y la comprensión del amor pleno, es un caer en la cuenta de que Dios no puede dejarnos devorar por la muerte. Él es nuestra Esperanza. Y tal Esperanza se juega, pues, al todo o nada: o hay Esperanza para el todo o no la hay para nada. La Esperanza lo es para siempre o no lo es; es eterna o no es nada, porque el hombre sólo espera si confía; sólo confía si sabe que alguien cree en él y le espera. ¿Y quién será ese alguien? El propio Dios. Dios es el que espera en el hombre, y de este modo lo constituye en esperante.

Si se niega este sentido de Esperan­za, el hombre sería una pasión inútil, un ser para la muerte, nacido para morir y abocado al terrorífico desconsuelo de lo que ello supone. Nunca debemos dejar de apostar por el sentido pleno de la Esperanza. Las experiencias de comunión, de libertad, de amor, de amistad, de paz, de justicia, de bondad que en la vida también se producen inclinan a apos­tar seriamente por que la muerte no tiene la última palabra. La fe en la eternidad de vida en Dios y en nuestra resurrección consiste en afirmar esa Esperanza, es decir, que la victoria definitiva sobre la muerte, el dolor y la nada han acontecido ya en Jesús de Nazaret.

Esos niños, que no dejaron de esperar contra toda esperanza, ahora esperan junto a Dios, que es Abbá, cobijados en su regazo, jugando junto a Él eternamente, compensando toda aquella infancia robada y sustraída. Soñando, jugando, haciendo sus travesuras, riendo y descansando en la paz eterna que ya nadie les puede arrebatar. Ahora reposan sosegados, acogidos como hijos en el jardín de infancia del amor de Dios. Este es mi alegato a la Esperanza, pues si la medida del amor es amar sin medida, inexorablemente, el pleno amor necesita creer para poder esperar.

Jesús García Aiz

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