Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ACOMPAÑAR PROCESOS QUE SUPONEN MUERTE Y NACIMIENTO

Tras las precedentes reflexiones, que han ido hilvanando premisas de «reforma» y poniendo sobre la mesa los procesos eclesiales que se dan en este cambio de época y en la forma en la que debemos acompañar dichos procesos. Así, abonando este terreno que pisamos, podremos llegar a aterrizar ante -espero que interesantes- concreciones, opciones y propuestas sobre el acompañamiento de estos procesos, siempre siendo realistas con lo que es posible pedirle a la Iglesia -y con lo que a ella misma le es posible dar- en esta encrucijada en la que se halla en su relación con el mundo.

Es decir, nos referimos al acompañamiento de grupos, comunidades y sociedades. Sin duda, acompañamos a personas concretas, pero en tanto en cuanto forman parte de grupos humanos, de comunidades cristianas, en los que estamos viviendo procesos de cambio y renovación. E incluso, más allá de las personas y los grupos, lo que aquí nos interesa especialmente son los mismos procesos y sus dinámicas de desarrollo.

Muchas veces, los cambios sociales se caracterizan por poseer una dinámica de crecimiento, de desarrollo suave, pero esto no ocurre en el momento actual, cuando nos enfrentamos a cambios profundos que suponen mutaciones radicales en las formas de pensar y vivir. Por eso, podemos hablar con toda propiedad de que algo está muriendo y algo está naciendo entre nosotros.

Y lo formulamos así, como «algo», un término excesivamente genérico, dado que muchas veces no somos capaces ni siquiera de concretar qué es ni de limitar su extensión. ¿Qué es ese «algo» que muere? ¿Qué es lo que consideramos que debe morir y qué debe permanecer? Se trata de una dura cuestión cuando en nuestra vida eclesial bajamos a situaciones y cuestiones concretas. ¿Debe morir, por ejemplo, la religiosidad popular o, por el contrario, debemos estar atentos a sus aportaciones, porque es la forma en la que los sencillos expresan su fe? Esta, como otras muchas cuestiones, es causa, a veces, de numerosas discusiones tenidas entre nosotros.

En cualquier caso, debemos acompañar los procesos de lo que está muriendo, y debemos hacerlo con delicadeza. Una delicadeza extrema referida a todos aquellos que sienten que lo que consideraban seguro se diluye bajo sus pies, porque son personas que viven el dolor de ver cómo mucho de aquello a lo que dedicaron gran parte de sus fuerzas hoy es arrinconado y ha dejado de tener sentido para el mundo que les rodea. Por eso, es necesario no entrar como un elefante en cacharrería, sino ayudarles a encontrar sentido en lo que están viviendo y a comprender de algún modo lo que viene, sin perder nunca la esperanza, confiando en la providencia, en el Dios que provee y que no abandona nunca a su Pueblo, a sus hijos, a su Iglesia.

Jesús García Aiz

 

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