Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ACOMPAÑAR PROCESOS QUE SUPONEN MUERTE Y NACIMIENTO (II)

Siguiendo el hilo del artículo anterior, conviene entonces respetar la gradualidad de dichos procesos y no entrar en la dictadura del todo o el nada, ayudarles a cambiar, a descubrir alternativas y a mantener siempre la esperanza (tal y como dijimos en el corolario de la reflexión precedente). Con este fin, es necesario reconocer sus aportaciones, valorar todo lo bueno de ellos recibido y que hoy desaparece, y transmitirles que muchas veces es de aquello, de sus aciertos y equivocaciones, de donde sacamos los recursos para crear y acoger lo que llega. No en vano, el Evangelio habla en numerosas ocasiones de lo viejo y de lo nuevo cuando se refiere a arcones (cf. Mt 13, 52), a odres (cf. Mt 9, 17) o a tinajas (cf. Jn 2, 6-9).

Pero necesitamos también propiciar alternativas para el futuro. Acompañar lo que nace. Esto es, necesitamos otear en el horizonte para poder reconocer los signos que nos manifiestan la salvación de Dios (cf. Is 52, 7ss.); discernir en ese horizonte de la historia y de la sociedad qué es verdaderamente lo que debemos apoyar, porque es fuente de humanización y de salvación para las personas con las que nos toca convivir y para aquellos que nos van a continuar, y qué es aquello que debemos criticar, matizar e incluso combatir porque es fuente de opresión, esclavitud y deshumanización. Los cristianos no nos ubicamos en la historia ni en la sociedad como personas neutrales, sino que, muy al contrario, debemos ser ciudadanos con una conciencia crítica, buscando el bien común y trabajando y potenciando todo aquello que es fuente de vida y de salvación para el ser humano e incluso para la creación entera (cf. Laudato si’, 14).

Y para ello, tanto cuando acompañamos los procesos en las situaciones en que algo está muriendo como en aquellas otras en las que está emergiendo algo nuevo, debemos alcanzar la virtud de la paciencia. La paciencia nos permite distinguir entre el trigo y la cizaña, y respetar los ritmos de crecimiento sin ponernos nerviosos, sino sabiendo cuándo y cómo es el momento adecuado para actuar (cf. Mt 13, 34ss.). Esto es algo no muy frecuente en el mundo de hoy, en el que predominan las prisas, los ritmos acelerados, los logros de objetivos a corto plazo, y en el que lo inmediato es la tónica habitual.

La Iglesia conoce el terreno que pisa, pues un exceso de precipitación en la búsqueda de logros inmediatos nos puede llevar a no saber discernir adecuadamente el camino que estamos tomando. La Iglesia tiene clara que la causa de Dios y la causa de los hombres son inseparables, porque son una única y misma causa simbolizada en la verticalidad y horizontalidad del madero de la cruz, de ahí su urgencia y, al mismo tiempo, la necesidad de discernimiento y de paciencia en su realización.

Jesús García Aiz

 

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