Jesús García AízLa Mirada de la Fe

YA HUELE A NAVIDAD

Calles engalanadas, escaparates decorados para la ocasión, un ambiente de especial magia, los dulces típicos… Siendo la Navidad una festividad esencialmente religiosa para nuestra cultura, no es menos cierto que la misma contiene un fuerte complemento profano, siendo tiempo de gran presencia comercial, comidas, y todo ello en medio de los adornos y de las luces que atavían los escenarios de las «Fiestas del fin y del comienzo del año», que hasta así se han empezado ya a llamar.

Sin embargo, y puede que sea parte del espíritu navideño, son muchas las personas que viven estas fechas especialmente sensibilizados, más capaces de generar amor y comprensión y más dispuestos a la solidaridad. Es como si ese niño o niña que fuimos, nos invitara a ser más dulces y afectivos que en cualquier otro momento del año. Un cambio de actitud que es una de las grandezas y misterios de la Navidad, en el que a pesar de todo y en medio de tanto, no nos queremos resignar al reconcome de nuestros problemas cotidianos.

Y es que hasta estamos dispuestos a establecer una tregua, tratando de enterrar nuestras aflicciones con sus hachas y sus hechos. Al menos por un breve período en el que nos proponemos no herirnos, y todo parece que conspira para celebrar juntos unos días de paz y bondad. En efecto, la Navidad tiene toda esta virtud y encanto, el de sacar lo mejor de nosotros mismos, por más que pueda estar escondido o descuidado en el arcón de nuestros entresijos.

Así es la Navidad, siempre igual y siempre en trance de reestreno. Por eso, además de ataviar nuestras calles y poner guirnaldas de color en nuestro entrecejo, sabemos que hay un por qué, que hay un por quién en estas fiestas que nos llenan de alegría y esperanza, que tiene nombre, que nos alumbra sin deslumbrar, que nos abraza sin posesión, que nos acompaña con paciencia y discreción. Porque la luz que el Señor encendió necesita de candeleros de hoy en donde luzca, y la gracia que nos regala precisa de manos de ahora que la repartan. Es la Navidad continua, la que carece de ornato, pero que llena de paz y bien cada carencia y cada entresijo.

Y ahí, en el centro de toda la Navidad, está el Misterio. Y el Misterio es todo un Dios que, viendo desde el cielo de su inmensidad infinita la obra de su creación, quiso ponerle la guinda. Así pues, un año más, vamos a poder vivir en comunión este abrazo que se dan la tierra y el cielo en la alianza de la humanidad divinizada del Niño alumbrado en Belén. Con los ángeles, con los pastores, con los montes que saltan como corderos. Porque llega la noche de Belén.

Sí, esta Navidad vuelve a ser abrazo de Dios a nuestra vida, iluminación de nuestras oscuridades y salvación de nuestros callejones sin salida. En definitiva, la Navidad es el amor y la ternura que Dios nos trae, y que, por venir de Él, nunca se gasta. Por ello, si ahora ya huele a Navidad, siempre hubiera de ser Navidad.

Jesús García Aiz

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