Jesús García AízLa Mirada de la Fe

Y DIOS ENVIÓ SU ESPÍRITU (I): EL GRAN DESCONOCIDO

Se ha dicho del Espíritu Santo que es «el gran desconocido». Seguramente todo lo que saben del Espíritu Santo la mayoría de los cristianos es que se trata de la tercera persona de la Santísima Trinidad. Algunos, un poco más formados, recuerdan quizás que, según el Credo nicenoconstantinopolitano, es «señor y dador de vida». El Espíritu Santo es «Dios en nosotros» (Rom 5, 5; 1 Cor 3, 16; 6, 19) y, al ser la presencia de Dios en nuestro interior, es la fuerza de nuestra fuerza y el amor de nuestro amor.

Sin embargo, no nos resulta fácil descubrir su presencia, ya que al potenciar nuestros dinamismos psicológicos ordinarios, podemos confundirle con ellos. Paradójicamente, descubriríamos en el acto lo que es el Espíritu Santo si desapareciera de repente. Recordemos la secuencia de la misa de Pentecostés: «…mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento…». A los peces les ocurre lo mismo: descubren lo que era el agua, en la que nunca se habían fijado, cuando los pescadores les sacan de ella, porque entonces no pueden respirar y se mueren.

San Lucas, que es el pintor de Pentecostés, nos expresa, con multitud de pinceladas, al Espíritu Santo. Resulta innegable que san Lucas supo representar como un consumado artista una realidad de suyo invisible como es la presencia del Espíritu Santo el domingo de Pentecostés (hizo algo parecido, según vimos en el capítulo 9, con la Ascensión).

Cuando san Lucas necesita hablar de lo ocurrido aquel día, dice que «una especie de lenguas de fuego se repartieron y se posaron sobre cada uno de los apóstoles» (Hch 2, 3). Así, las lenguas de fuego son una forma simbólica de expresar la transformación provocada por el Espíritu Santo en los apóstoles: aquellos cobardes mudos, que llevaban varios días «encerrados por miedo a los judíos» (Jn 20, 19) empezaron de repente a predicar sin que nada ni nadie pudiera callarles a partir de ese momento.

Incluso, san Lucas, habla de «una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban los apóstoles» (Hch 2, 2). Es otro símbolo muy expresivo: el viento —igual que el Espíritu Santo— en sí mismo es invisible, pero vemos sus efectos. San Pablo fue enumerando los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí» (Gal 5, 22-23), «bondad, honradez, sinceridad» (Ef 5, 9), justicia (Flp 1, 11; cf. Heb 12, 11; Sant 3, 18), libertad cristiana (2 Cor 3, 17)… De esta forma, Dios envió su Espíritu en Pentecostés. El Espíritu Santo, Aquel que nos descubre y a quien debemos descubrir, Aquel que para nosotros aún resulta el gran desconocido.

Jesús García Aiz

 

 

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