Jesús García AízLa Mirada de la Fe

UN HUMANISMO GLOBAL PARA UN MUNDO GLOBAL

En sintonía con el anterior artículo en el que alertaba sobre la deshumanización ante la ideologización de la técnica, una de las tareas más urgentes que, a mi modo de ver, tiene que articular la Iglesia en esta encrucijada histórica en la que se halla es, la de inspirar un nuevo humanismo de carácter global, cuyo centro de gravedad sea la defensa del valor eminente de todo ser humano, de su dignidad inherente, más allá de sus rasgos externos, orígenes, raza o condición religiosa.

La defensa de lo humano no es una tarea única ni exclusiva de la Iglesia; pero la Iglesia, como tal, debe combatir con ahínco las estructuras de pecado, en palabras de Juan Pablo II, que denigran al ser humano y le convierten en un puro objeto de mercancía, en un producto de consumo, en una cosa profana.

Está llamada a propagar y a enseñar este humanismo liberador a todo el mundo y no sólo en el plano de las ideas, sino a través de obras que defiendan esta dignidad inherente. Debe hacerse especialmente presente en los ámbitos de dolor y de sufrimiento, en los valles más angostos de la Tierra, donde apenas llega luz, pues sólo de este modo es un signo visible del Dios liberador.

En efecto, en el mundo urge un humanismo global capaz de articular una nueva forma de globalización y la Iglesia, en las palabras y obras de Jesús, está llamada a propagar este nuevo humanismo de carácter global, debiendo tener un protagonismo decisivo en ello. Necesitamos un pacto por la paz que supere los conflictos entre países y dentro de los propios países; un pacto por la justicia global, por la cultura, que garantice la multiplicidad de culturas locales en el interior del proceso irreversible de formación de un mundo global.

Explorar las condiciones de posibilidad de este humanismo en este segundo decenio de nuestro siglo XXI es una tarea que alberga muchas dificultades porque, en nuestro presente, no sólo está en entredicho el mismo concepto de humanismo, sino la misma dignidad inherente de todo ser humano.

Desde distintas posturas intelectuales, algunas con gran eco mediático, se sostiene que tal afirmación no es clara ni evidente, que no existe una superioridad del ser humano, un privilegio de derechos para él. Tal sospecha, que dinamita uno de los presupuestos filosóficos de la cultura occidental, no puede ser ignorada, menos aún, despreciada. Merece una respuesta clara y razonable, puesto que sólo de ese modo tiene sentido defender el humanismo global que está llamado a propagar la Iglesia. Urge, pues, otear el horizonte esperanzador de un nuevo humanismo, y la batalla, se juega en primer lugar, en el terreno de las ideas: un humanismo global para un mundo global.

Jesús García Aiz

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