Jesús García AízLa Mirada de la Fe

TRAS LA OSCURIDAD AGUARDA LA LUZ

La crisis del coronavirus ha dejado en evidencia la ansiedad que nos produce la soledad, el vacío que sentimos al no poder seguir la rutina de nuestro trabajo, el miedo que nos da permanecer aislados en el hogar, las dificultades para mantener un diálogo sereno y cordial con los miembros de nuestra familia.

Pero este tiempo de confinamiento por la pandemia, en el que tenemos oportunidad de pensar en tantas cosas, nos hace reflexionar que la aparente seguridad de la que hacemos gala en público apenas puede cubrir la desnudez de nuestra debilidad y vulnerabilidad, de nuestra finitud.

En España llevamos más de 10.000 fallecidos por coronavirus, y más de 44.000 en un mundo que se está convirtiendo en un “valle de lágrimas”, siendo muy difícil ignorar los lamentos que se escuchan en este “valle”. Y por muy idealista que pretenda ser, nadie puede tratar de desconocer el panorama de dolor y de llanto que se extiende en torno a esta situación que padecemos.

Pero nuestro duelo debe ser diferente, distinto de aquellos que carecen de esperanza, pues la esperanza en lo que nos espera en la hora suprema, marca nuestra forma de abordar la propia muerte, así como la de las personas queridas.

La esperanza cristiana no es una virtud que conquistar, sino un don divino capaz de transformar nuestro vivir y nuestro morir. Dios mismo nos ha regalado en Jesucristo la esperanza. En efecto, es una esperanza dichosa la que Dios nos ha concedido, una esperanza que ya hoy nos hace afortunados y, que, a la vista de la muerte, nos permite vivir en armonía con nosotros y con nuestra vida.

Para un creyente, la reflexión sobre un mal como el coronavirus, y sobre los males que genera y acompañan, siempre han de llevarnos de la cruz a la resurrección. Jesús es el Justo injustamente ajusticiado. Ante el mal previsto y los males sobrevenidos, él alza la vista a los cielos y ora: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Estos días de la Semana Santa tendremos que ver hacia dónde dirigimos la mirada.

Necesitamos esperanza en lo que no vemos, en la fuerza que se oculta tras la debilidad, en la alegría que espera en el fondo de la tristeza a estar en condiciones de levantarse.

Precisamente en el acompañamiento de tantas personas que hoy se encuentran en duelo, por los letales efectos de esta pandemia, deberíamos pedirle a la Madre de Dios, a la Madre del Amor y la Esperanza, que se haga presente a nuestro lado, a fin de que sepamos transmitir al desesperanzado la esperanza que necesita para —en vez de hundirse en su aflicción— atravesarla confiando en que, tras la oscuridad, aguarda la luz.

Jesús García Aiz

 

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