POR UNA FE QUE SE HACE CULTURA (I): UNA NECESARIA RELACIÓN
Frente a aquellos que abogan por una total separación entre la fe cristiana y la cultura o las diferentes manifestaciones culturales, la Iglesia defiende con toda claridad la necesaria relación entre el cristianismo y las culturas. El que mejor ha expresado esta necesidad fundamental ha sido el Papa Juan Pablo II con estas interpelantes palabras: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe… Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida».
Si por cultura entendemos todo cuanto el hombre realiza para fundar con la realidad exterior modos relevantes de unidad, humanizándose más a sí mismo y humanizando su ambiente, entonces podemos comprender mejor la gran afinidad que existe entre ella y la fe cristiana, porque la fe interviene también en estas perspectivas de unidad y de humanización. En efecto, la fe cristiana «ofrece valiosos estímulos y ayudas para cumplir con mayor intensidad esta tarea (cultural) y sobre todo para descubrir el sentido pleno de esta acción» (GS 57). Ni la fe, correctamente pensada y vivida, se opone a la cultura, ni la cultura, fiel a sus propios objetivos de unidad y humanización, tiene por qué oponerse a la fe.
El cristianismo necesita de la cultura porque profesa como dogma esencial la Encarnación del Hijo de Dios en la historia concreta y real de los seres humanos. Al misterio de la Encarnación corresponde, en el campo de las relaciones entre fe y cultura, el proceso que llamamos «inculturación». Entendemos con este término la relación dinámica, abierta y creativa entre el mensaje cristiano y la cultura o, con otras palabras, la inserción de la vida cristiana en una cultura determinada. Las verdades cristianas son eternas e inmutables, pero tienen que ser pensadas y vividas en relación con las categorías culturales de los diferentes grupos humanos. Sólo de este modo, la fe cristiana será «auténtica sal y verdadera luz» para los hombres de cada tiempo y lugar.
También la cultura se beneficia de este esfuerzo de inculturación de la fe cristiana, puesto que el cristianismo no sólo la respeta en su singularidad y libertad, sino que la revaloriza al descubrir en ella, desde la Encarnación de Cristo, la presencia activa de Dios. Bajo la perspectiva de la fe cristiana, la belleza del mundo y del hombre se hace aún más bella; el amor se intensifica con profundidad y gratuidad; la libertad se hace aún más libre; la justicia se hace causa de Dios, y la vida en su conjunto se hace más digna de ser vivida, aún con sus problemas y complicaciones, porque encuentra en Jesucristo su explicación y su sentido definitivo. Hablamos de la necesaria relación entre fe y cultura.
Jesús García Aiz