Jesús García AízLa Mirada de la Fe

PLANTEAMIENTOS Y ACTITUDES EN LA EVANGELIZACIÓN (I)

Los cristianos no podemos permanecer indiferentes ante el panorama que hemos trazado en reflexiones anteriores y que podemos resumir diciendo que, desde todas las instancias culturales contemporáneas, dominadas por una ideologización de la modernidad, se pretende instaurar la no-fe como la única forma de pensar y de planificar la realidad.

El grave problema de fondo que encontramos tras el mantenimiento de la ruptura de relaciones con la fe por parte de la cultura dominante no sólo afecta al cristianismo, sino que incide muy negativamente en la misma cultura. Lo que hoy está en juego es el ser humano y su futuro. No es sólo un aspecto de la vida humana lo que corre peligro, sino que es el mismo hombre el que está amenazado en su propia humanidad.

Así el futuro del hombre se nos presenta lleno de angustia. Triunfan en este campo las diferentes teorías que desmoralizan al ser humano destruyendo, especialmente entre los jóvenes, la convicción de que el hombre es un ser responsable, libre, dueño de su conducta moral, capaz de conocer lo absoluto y de trascenderse. La permisividad moral y el relativismo extremo, la generalización del aborto y el avance de la eutanasia en los países desarrollados, manifiestan en toda su crudeza la enfermedad mortal de nuestra cultura contemporánea.

Lo que se llama actualmente «cultura» es realmente una «anticultura» porque daña la identidad y la dignidad de los seres humanos e implica la abdicación del respeto por la vida humana y todas las formas de vida. Una clara manifestación de la pérdida del «alma» en nuestro tiempo es la insensibilidad ante las amenazas. El dilema psicológico de nuestra época es que somos incapaces de ver el peligro contra nuestra vida e incapaces de reaccionar ante él. La insensibilidad se ha apoderado de nuestra generación y encuentra su propio medio de expresión en el cinismo, en el fundamentalismo materialista y religioso, y en el violentismo que arremete con fuerza en las familias y en las calles de nuestros pueblos y ciudades.

La confrontación con todos estos elementos característicos de nuestra cultura dominante es un compromiso ineludible en la misión de toda la Iglesia. En esta perspectiva, la evangelización de la cultura dominante comienza por la defensa del hombre y de su dignidad. Nos exige discernir, criticar e incluso denunciar aquello que contradice el Evangelio y pone en peligro la dignidad del ser humano. Pero no basta la denuncia de esta involución cultural que se presenta, paradójicamente, como cultura de progreso y de desarrollo. Hay que descubrir la sensibilidad y las esperanzas espirituales de las mentalidades actuales, y hay que aceptar los avances realmente positivos que la cultura moderna y postmoderna están logrando a favor de nuestra civilización.

Jesús García Aiz

 

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