Jesús García AízLa Mirada de la Fe

NOS VEMOS EN GALILEA, EL MAESTRO NOS ESPERA

El pasado Sábado santo no fue solo un día inmenso, fue también un día que nos «inmensaba». Aparentemente representa una especie de intervalo entre las palabras finales de Jesús pronunciadas el Viernes santo, «todo está consumado» y su «insurrección» de la vida que, en la mañana de la Pascua, Él mismo protagoniza. El Sábado tiene así un silencio que no se sabe bien si es todavía de piedra colocada sobre el túmulo o si es ya aquel misterioso silencio que prepara «el gran levantamiento» que significa la resurrección. Este «intervalo» esta tierra de nadie, este tiempo amasado entre derrotas y esperanza, entre prueba y júbilo es el de nuestra vida. El silencio del Sábado santo es nuestro silencio que Jesús abraza. El silencio de los impases, de las travesías, de los sufrimientos, de las íntimas transformaciones. Así, Jesús abraza el silencio de esta ávida indefinición que somos entre el «ya y el todavía no».

Pero llegamos a la mañana del Domingo, y resulta casi paradójico el modo en que los evangelios cuentan la Resurrección. Desconcierta que no exista, en los discípulos, una creencia inmediata. La noticia de la Resurrección comienza siendo vivida con sospecha, desconfianza, recelo y cierta distancia. La frase de santo Tomás: «si no lo veo no lo creo» es, en el fondo, la posición de todos. La noticia debía de circular en voz baja, como una insinuación que era tomada muy en serio.

Los dos discípulos de Emaús ya la habían oído, pero aun así estaban dispuestos a abandonar todo. Sin embargo, el anuncio de la Resurrección va creciendo. Aun no creyendo en las mujeres, Pedro y Juan corren al sepulcro. Y Juan ve el silencio de las señales y cree. Los dos discípulos fugitivos reconocen a Jesús en una posada del camino y regresan a Jerusalén. El mismo Resucitado viene al encuentro de Pedro y de los dos discípulos atravesando las puertas que ellos tenían cerradas. Y Jesús extiende las manos a las dudas de Tomás.

Así, lo imposible se hace posible, adquiere sentido, se llena de amor y esperanza. En efecto, poco a poco, aquellos discípulos, en torno a aquello que primero declaraban imposible, se reúnen y viven. Vivámoslo también nosotros tal y como dice aquella oración tras la séptima lectura de la liturgia de la Vigilia pascual, y que así versa: «que todo el mundo experimente y vea cómo lo abatido se levanta, lo viejo se renueva y todo vuelve a su integridad original, por Jesucristo, de quien todo procede». Así que, estimados lectores, llegue a todos mi felicitación pascual por la Resurrección del Señor: nos vemos en Galilea, el Maestro nos espera.

Jesús García Aiz

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