La Mirada de la FeNoticiasRamón Bogas Crespo

LO RECONOZCO…, por Ramón Bogas Crespo

En nuestro grupo de WhatsApp estábamos comentando de “fulanita” que era muy orgullosa. En seguida, uno dijo: “Yo no soy orgulloso”, la otra: “Yo tampoco”…, pero tras unos segundos añadió: “¡Bueno, yo un poco!”. Ese pequeño gesto la hizo, paradójicamente, más grande y más sabia. Nuestra vida puede mejorar, podemos crecer personal y espiritualmente, pero el primer paso será ACEPTAR LO QUE SOMOS.

A este trascendental paso, en medicina o en terapia de adicciones, se le conoce como el MOMENTO DE LA ACEPTACIÓN. Hay que reconocer que tenemos un problema, una enfermedad o que somos de esa manera que no es la más deseable. Solo si lo aceptamos podremos cambiarlo. Y esto se deberá extender a todos los ámbitos: cómo trato a mi pareja, nuestros (malos) hábitos de vida, cómo gestionamos la economía familiar o lo mal que estamos organizando nuestros horarios…

Aceptar no significa resignación o autojustificación, sino comprender lo que somos para poder seguir adelante. Dijo León Tolstoi: “Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo”. Y a ese cambio personal, la tradición de la Iglesia lo ha llamado conversión, que significa literalmente: “Darse la vuelta”.

Todos tenemos que aceptar con sinceridad que somos “orgullosos” (como mi amiga del grupo de WhatsApp), que no tratamos bien a nuestra persona querida, que estamos descontrolados con el chocolate… ¡O qué sé yo! Y esa será la condición para mejorar, para recuperarse. Todos los esfuerzos no servirán de nada sin la aceptación primera, sin el autoconocimiento y la toma de conciencia de lo que soy y de lo que tendría que mejorar.

En el Evangelio leemos que el leproso se acerca a Jesús y le dice: “Si quieres puedes limpiarme” (Mc 1, 40-45). Necesitó reconocerlo primero y luego confió en que ese Profeta del que hablaban tenía la fuerza para sanarlo. También en el Miércoles de Ceniza, nos ponemos en la fila para reconocer que necesitamos “darnos la vuelta”.

Ahora viene la mejor noticia. No hay que agobiarse tampoco. Sin prisas, sin zozobras. Sabiendo aceptar nuestros tiempos, nuestros ritmos (y los de los demás) le pediremos al Maestro tener una mirada honesta y sin temor para ir aceptándonos como somos con el compromiso de hacerlo un poco mejor.

Estoy convencido de que no hay nada más sano que sentirse débil y limitado. Sí, no me avergüenzo de ello. Pero quiero y necesito tu compasión, Señor.  Tu mano amiga que toca mi lepra sin juicio. Así… leproso y con la ceniza todavía en mi frente, en búsqueda de tu mano que me sana y me convierte.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

 

 

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