Jesús García AízLa Mirada de la Fe

LA FAMILIA CRISTIANA (II)

Y en el Nuevo Testamento, el Verbo eterno de Dios, al entrar en la historia temporal, de alguna forma asume los valores y la peripecia del destino humano. En ese itinerario terreno, ocupa un puesto imprescindible la familia humana, pues Jesús nace y crece en una familia concreta, con sus alegrías y sus sobresaltos, sus temores y sus alivios, sus pérdidas y sus encuentros. De tal forma que la familia formada por Jesús, María y José es una «trinidad terrena» que, trasparentando su interrelación de amor, cariño y comprensión a imagen de la «Trinidad celestial», nos invita y compromete a tejer esa vida divina en nuestros hogares.

No podemos olvidar que los tiempos de confinamiento que hemos vivido han propiciado una ocasión de vivir más en familia. Hemos descubierto que la familia es decisiva para el bien común, pues la familia ha generado recursos nuevos en medio de la crisis: sin la familia, no habría podido seguir funcionando, a distancia, la escuela; incontables enfermos han sido cuidados en familia, apoyando así al sistema sanitario; la familia, una vez más, genera «capital social», es decir, aquella riqueza que no aparece en el producto interior bruto, pero que es decisiva para que la sociedad siga adelante: confianza, apoyo mutuo, resistencia ante la prueba, dedicación a la persona concreta…

A la vez hemos experimentado, en la prueba del confinamiento, que tampoco la familia puede vivir sin otras familias, que tampoco puede vivir sin la sociedad. Cuando la familia se aísla en sí, cuando quiere ser solo refugio afectivo para sus miembros, sin nada que ver con el mundo del trabajo y del bien común, entonces la familia sufre y, a la larga, su ambiente se vuelve irrespirable.

Pero hay más, pues durante este tiempo de pandemia, la familia aparece, a la luz de esta fragilidad y dependencia, como lugar donde aprendemos a recibir la vida desde otros. La familia es aquello que no hemos fabricado, que ya estaba ahí, que nos es dado, como experimenta cada niño que nace, el cual no eligió a sus padres ni hermanos.

En las últimas décadas hemos visto una negación de esta verdad básica. El ser humano ha querido rehacer la familia, según distintos modelos que reflejaran los variados deseos individuales. Pero de esta forma, la familia deja ya de ser el lugar de lo recibido, el lugar que me precede. Esto significa que la familia deja de ser la familia natural.

Sin embargo, como contrate, la familia cristiana es un espacio que no han hecho las manos del ser humano, un espacio que el cristiano está llamado a proteger, porque así aprende cuánto ha recibido, y cuánto hemos recibido juntos, todo ello al estilo de la familia de Nazaret, pues el Creador, enviando al mundo a su Hijo, nacido de María, quiso mostrarnos que Él, Dios, tampoco está sin familia.

Jesús García Aiz

 

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