Comentario Bíblico Ciclo C

III Domingo de Adviento ¿Qué debemos hacer?

Por su credibilidad como testigo, la gente acudía a Juan Bautista preguntándole qué tenían que hacer para comenzar una vida nueva. El evangelista san Lucas presenta tres grupos de personas que preguntan a Juan. El primero de ellos es presentado de manera genérica; «la gente», sin más precisiones. El segundo grupo es el de los «publicanos», encargados de recaudar los impuestos para el Imperio Romano y, de paso, incrementar su propio patrimonio personal. El tercer grupo es caracterizado como «soldados». Estos tres grupos tienen en común que no son un ejemplo de vida religiosa dentro de la comunidad israelita. Sin embargo, manifiestan una actitud que mueve al Bautista a proponerles un cambio de vida. Si a los autoconsiderados judíos «fetén», Juan los había tratado como «raza de víboras», muestra, ahora, con aquellos que eran considerados creyentes de segunda, la paciencia propia de Dios. La postura de Juan está justificada por la actitud de aquellos que habían acudido a él con un verdadero deseo de conversión, de cambio de vida. Juan les recuerda que lo importante para Dios no es de dónde vienes, sino a dónde quieres ir.

Es interesante la respuesta que Juan va dando a aquellos que le preguntan: «¿qué hemos de hacer?». Lejos de cualquier actitud punitiva o extremadamente exigente, la respuesta de Juan es sorprendente: basta con no hacer el mal. La llamada de Dios nunca se presenta en el horizonte humano como tarea de superhéroes, muy al contrario, solo pide que no se fuerce la naturaleza propia del ser humano, quien fue creado para el bien.

Las indicaciones que Juan daba están destinadas a revitalizar una dimensión fundamental de la verdadera religión; la alteridad. Tanto los profetas como, muy especialmente, Jesucristo insisten constantemente que la verdadera actitud religiosa no aísla a la persona en un ensimismamiento estático de autosatisfacción, sino que la impulsa necesariamente a estar atentos a las necesidades personales y materiales de los demás. La dinámica de la verdadera religión es amar, compartir y repartir, huyendo siempre de la autocomplacencia y la justificación haciendo caer la responsabilidad en personas, entidades, corporaciones… ajenas a uno mismo. De esta manera, el comportamiento personal aparece como muestra de la cercanía personal a Dios y de la actitud cristiana por excelencia; escuchar la voluntad de Dios y cumplirla en la propia vida, en el silencio de la cotidianidad y hacerlo con profunda alegría.

Victoriano Montoya Villegas

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