Jesús García AízLa Mirada de la Fe

HACIA UNA AUTONOMÍA SOLIDARIA

De vez en cuando resulta útil revisar el lenguaje que utilizamos en la vida diaria porque muestra nuestra realidad interior y también nuestra relación exterior con los demás. Efectivamente, el uso que hacemos de los términos «yo» y «nosotros» en el diálogo con las otras personas es una observación que puede resultar reveladora para verificar la calidad de nuestro estado interior.

A veces utilizamos continuamente el término yo. En este caso, funciona solamente uno de los emisores. Los otros quedan reducidos a ser receptores pasivos. Sin embargo, el problema surge cuando la persona que habla a partir de su experiencia al ser interpelada no responde al cuestionamiento que le hacen y se limita a justificar su punto de vista e incluso a atacar con agresividad la opinión de los demás. Cuando actuamos de esta manera cerrada a los desafíos de los otros, solamente vivimos en el estadio del ego más primario. El ego de «piñón fijo» corresponde a una etapa poco evolucionada del proceso de madurez de la persona.

Otras veces usamos continuamente el término nosotros. En este caso no tendría por qué haber tensión en el diálogo. Sin embargo, el problema aparece cuando el que habla no suma su punto de vista personal al de los demás, sino que o bien se atribuye la opinión de todos o bien se esconde en el nosotros mayestático. Cuando actuamos de esta manera vivimos aislados y diluimos el debate social en unas generalidades y unos tópicos que no ayudan a caminar ni a avanzar. El nosotros «mayestático» también corresponde a una etapa poco evolucionada del proceso de madurez humana.

Pues bien, ni el ego de piñón fijo ni el nosotros mayestático son verdaderamente útiles para abrirse al futuro y a la libertad en sociedad. El camino de crecimiento y de cambio social pasa por una personalidad individual, libre y evolucionada, que tiene permiso para expresarse con autenticidad y con derecho a equivocarse, y un clima social que busca el bien común y no elimina la personalidad individual ni la diluye en la masificación. Se trata de una actitud madura que nos lleva a una «autonomía solidaria». Esta actitud, respeta la originalidad de cada persona -autonomía- pero al mismo tiempo, consciente de los límites y la fragilidad de cada uno y de todos en conjunto, busca la verdad compartida y sólida como fruto de la participación de todos -solidaria-.

Así las cosas, esta maduración humana hacia una autonomía solidaria alcanza su esplendor cuando es vivida desde la opción consciente de amor, porque entonces anticipa la plenitud final de la aventura del ser humano. Lo expresa bellamente el autor de la primera carta de san Juan cuando afirma: «sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos» (1 Jn 3, 14).

Jesús García Aiz

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