Comentario Bíblico Ciclo A

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

La humildad como camino de vida

Cuando parece que las luces y fiestas navideñas quedan muy lejanas, en la liturgia de la Iglesia, el tiempo de Navidad no concluye hasta esta celebración de la fiesta del Bautismo de Jesús, porque este tiempo litúrgico no conmemora solo el nacimiento de Jesús en Belén, sino que incluye la contemplación de la mayoría de los años de vida de Cristo; nacimiento y vida silenciosa en Nazaret. El bautismo en el Jordán es el punto de inflexión en el que Jesús abandona el silencio de la vida cotidiana y comienza la actividad pública con la predicación sobre el Reino de Dios.

El acontecimiento del bautismo es tan importante que ninguno de los evangelistas prescindió de presentarlo en sus textos, aunque cada uno de ellos con matices propios. Hoy leemos el relato de san Mateo. El evangelista nos presenta a Jesús acercándose, como tantos otros, a recibir el bautismo que Juan administraba. Jesús se sitúa solidariamente en la fila de los pecadores, aunque Él no tuviera pecado, para indicar la tarea que viene a realizar; salvar a la humanidad. Dios no ha querido salvarnos desde fuera, sino desde nuestra misma realidad. A Dios no le ha importado mezclarse con la humanidad para sacarla de su situación de postración propia del pecado.

Cuando contemplamos a alguien que, de manera llana y sencilla, no presume ni hace ostentación de su cualificación, decimos de ella que es una persona humilde. Hoy, es posible afirmar que Dios es humilde. Con humildad sincera, que no consiste en no presumir de ser quien se es, sino que consiste en sentirse verdaderamente igual que los demás, aunque su grandeza supere cualquier capacidad humana de comprensión.

Jesucristo «pasó por uno de tantos» para enseñarnos la manera correcta de recorrer nuestra vida; con verdadera humildad. Humildad significa conocer quién soy, qué dones y talentos poseo y ponerlos al servicio de Dios y de los demás, sin esperar a que me insistan en ello, sino con la misma disponibilidad con la que Jesús se puso en la fila de los pecadores. Nadie le llamó, nadie le insistió, simplemente hizo lo que tenía que hacer. La humildad es reconocer que nuestros dones y haberes son regalo de Dios y, consecuentemente, usarlos como Dios quiere que lo hagamos. Igual que Jesús, también nosotros necesitaremos de silencio, oración y trato personal con Dios para descubrir cómo quiere que vivamos nuestra vida. Lo que sí podemos tener claro es que sea cual sea el camino que Dios nos llame a recorrer, hay una actitud que debe marcar nuestro caminar; la humildad.

Victoriano Montoya Villegas

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