Jesús García AízLa Mirada de la Fe

EL DON DE LA LLAMADA

Es tradición en la Iglesia diocesana celebrar cada año, en torno al día de san José, bajo cuyo patrocinio se encuentra el Seminario, la campaña Pro-Seminario. Y se celebra esta campaña para dar a conocer el Seminario y para que aumente nuestro cariño hacia esta institución de la Iglesia. Dicha campaña pretende ser una llamada a crear conciencia, en cada diócesis, sobre la necesidad de suscitar, animar y acompañar nuevas vocaciones, presentando la vocación sacerdotal como uno de los modos específicos de seguimiento y entrega a Jesús, al tiempo que sensibilizar sobre la tarea y el servicio del sacerdote a la comunidad cristiana.

El Seminario es la casa donde se forman aquellos jóvenes que han recibido la llamada de Jesús para servirle como sacerdotes, sacerdotes para servir que anuncian la Palabra, celebran la Eucaristía y presiden en la Caridad. Estos jóvenes nos quieren mostrar cómo la vocación es una llamada gratuita que Dios puede estar haciendo a muchos jóvenes en este momento (¡y no le escuchan!) y nos piden que les apoyemos con nuestra oración y ayuda económica.

Con todo, el Seminario viene a ser el corazón de la diócesis. Pero veamos cómo es este corazón. Aunque siempre hay un edificio, más o menos grande, el Seminario no es tanto la casa, cuanto la comunidad educativa que vive en ella. Como dice la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II: «El Seminario es un tiempo y un espacio geográfico, pero es, sobre todo, una comunidad educativa en camino: la comunidad promovida por el Obispo para ofrecer a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a los Doce. […] La identidad profunda del Seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión» (PdV 60). Por tanto, quien realmente anima ese corazón es Jesús mismo.

En efecto, el Seminario es una comunidad humana llamada a vivir un estilo de familia; una comunidad eclesial, que aspira a encarnar los rasgos de la primitiva comunidad cristiana; una comunidad diocesana, por su especial comunión con el Obispo, el presbiterio y el resto de la diócesis; y una comunidad educativa, que tiene por fin específico la preparación para la recepción del sacramento del Orden.

Con toda convicción hay que afirmar que la pastoral vocacional constituye el ministerio pastoral más difícil y más delicado. Y aun a pesar de la sequía vocacional que padecemos, la esperanza es el hálito absolutamente necesario para la misión de la Iglesia y, en especial, para la pastoral vocacional. Ésta es la realidad dinámica, palpitante y viva del corazón de cada diócesis, aquel lugar donde cada joven (y a veces no tan joven) discierne sobre su vocación sacerdotal y se prepara para ello, aquel lugar donde se cultiva el don de la llamada.

Jesús García Aiz

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