Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ECCLESIA SEMPER REFORMANDA (IV)

En estas últimas reflexiones hemos estado hablando de una Iglesia que no puede renunciar a implicarse, incluso a mancharse (a oler a oveja), en la construcción del mundo, porque, en caso contrario, bajo capa de espiritualismo, la Iglesia sería entendida como ajena a las preocupaciones y los quehaceres de este mundo. Pero, en ese proceso de comprometerse, una vez más, la Iglesia debe ser coherente con el evangelio.

Parafraseando lo que el cardenal Hume pidió al entonces recién elegido Papa Francisco, la Iglesia tampoco puede olvidar que, en su acción comprometida con la construcción social, uno de los criterios principales y prioritarios es la opción por los pobres, como reconocía Benedicto XVI en un discurso pronunciado en Friburgo, el 25 de septiembre de 2011, ante representantes de asociaciones católicas que trabajan en la Iglesia y en la sociedad: «Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres -tanto a los que sufren como a los que los ayudan-, precisamente también en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana».

Una opción que no puede reducirse a actividades caritativas, que muchas veces más que dignificar humillan y cronifican la pobreza, sino que estamos llamados a hacer una Iglesia habitable para los pobres, que se hace su servidora y que trabaja con ellos implicándolos en el cambio social. Porque abrirse a los pobres no supone aceptarlos benévolamente, sino aceptar que tienen un lugar y carta de ciudadanía en la sociedad y en la Iglesia. Supone apreciar sus valores personales y estimar los valores de sus culturas, injustamente marginadas del concierto del mundo.

Y supone también asumir que llamar a Dios «Padre» tiene necesariamente consecuencias en la práctica de la fraternidad. Los cristianos debemos asumir que la opción por la fraternidad tiene que ver con la situación de injusticia del mundo, con el consiguiente sufrimiento de los pobres y con su aspiración a la justicia, que no son solamente consecuencias de la situación económica del mundo ni se reducen a un problema moral, sino que tienen que ver con Dios y con nuestra relación efectiva con Él como creyentes. Se trata de la imposibilidad cristiana de evadir el compromiso. Así nos lo recuerda el propio Papa Francisco en su última carta encíclica, recientemente presentada en Asís: Fratelli tutti.

Jesús García Aiz

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