Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Palabras que siempre permanecen

De entre las múltiples consecuencias que está teniendo esta pandemia que estamos atravesando, hay una que nos afecta de manera inconsciente. Dado el dolor tan grande que han producido las numerosísimas muertes y largos días de estancia en hospitales, la separación de los seres queridos, la pérdida de puestos de trabajo y los nuevos modos de interacción social, posiblemente no hayamos caído en la cuenta que esta pandemia nos ha puesto, como sociedad, en contacto con nuestra realidad más profunda, que no es otra que recordarnos que somos seres débiles. Ante la tentación de considerarnos casi dioses por los avances científicos y técnicos, por el desarrollo económico y el aumento del bienestar, esta enfermedad nos ha recordado la transitoriedad de nuestra condición humana.

En el fragmento del evangelio de este domingo, Jesucristo habla a sus discípulos de esta verdad de la condición humana. Mediante la utilización de imágenes propias de la tradición apocalíptica de su época, invita a sus oyentes a no poner su confianza en las seguridades humanas, puesto que ni aquello que se considera más estable y fijo, representado por el sol y las estrellas, puede fundamentar la esperanza cierta del ser humano. Pero lejos de dejar a sus discípulos en la indefinición y en la perspectiva de una vida sin fundamento, Jesús ofrece a los cristianos el único fundamento auténtico que permite construir una existencia que no se tambalee ante los envites de la realidad: sus palabras.

Tres son las palabras que Cristo ofreció durante su vida y que ofrecen un cimiento seguro a sus discípulos. La primera palabra es «presencia». La promesa de Cristo de caminar siempre junto a sus discípulos hace que se esfumen los temores que pueden surgir en el cristiano cuando contempla la dureza de la realidad. Saber que nunca se afrontan solos los problemas y que para el cristiano no existe la soledad absoluta, hace nacer la verdadera alegría. La segunda palabra es «misericordia». No entendida como la filantropía del poderoso para con el pordiosero, sino como la mirada que Cristo dirige a lo más profundo del corazón de sus discípulo y le lleva a comprender porqué vive de una determinada manera y porqué sucumbe al pecado. De aquí nace la esperanza. La tercera palabra es «entrega». La donación que Cristo hizo de sí mismo a lo largo de toda su vida y que, sacramentalmente, se actualiza en la Eucaristía es la fuente del verdadero crecimiento del cristiano. No son los haberes o saberes del cristiano lo que le permite construir una vida sólida, sino el participar de la donación que Cristo hace de sí mismo. Abrir corazón, mente y cuerpo a Cristo es la fuente de la auténtica y duradera felicidad.

Victoriano Montoya Villegas

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