Comentario Bíblico Ciclo C

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Cuando hay que ir más allá de las imágenes humanas

Uno de los elementos constitutivos del ser humano es la corporeidad. Por medio de ella podemos ubicarnos en medio de nuestro mundo. Interactuamos con los demás y con el medio que nos rodea. Por ello, se nos hace muy difícil comprender una realidad personal que no esté mediada por esta dimensión corporal. Por ese motivo, cuando queremos representar a Dios, transportamos nuestra imagen de persona a Dios mismo. Así, a lo largo de la historia del arte y la catequesis cristiana, cuando se ha querido hacer referencia a Dios Padre, se le ha representado como un hombre mayor, signo de sabiduría, con largas cabellera y barba blancas.

Esta ayuda visual al mensaje cristiano ha permitido comprender, por ejemplo, un elemento fundamental de la fe cristiana como es el Misterio de la Trinidad de un solo vistazo. Sin embargo, esta utilización de las imágenes ha conllevado un elemento negativo. Inconscientemente hemos vertido sobre Dios no solo nuestra materialidad sino, también, nuestras demás limitaciones.

Precisamente, el fragmento del evangelio de este domingo es una llamada a que abramos nuestra mente y nuestro corazón para que podamos atisbar que Dios no está limitado por nuestra inconstancia ni nuestra volatilidad.

La pregunta que algunos representantes del grupo de los saduceos hacen a Jesús sobre la resurrección de los muertos, es expresión de una comprensión excesivamente antropológica de Dios. Para los seres humanos, pensar en permanente, estable, sólido, no voluble… se hace muy difícil. Y, aún más difícil, pensar en vivirlo. Sin embargo, para Dios es todo lo contrario. Dios es eternidad, permanencia, solidez, constancia. Este es el argumento que da Jesús a aquellos que niegan la resurrección de los que han muerto. Cristo afirma que el amor que Dios nos tiene no puede acabarse, ni siquiera cuando se hace presente en nuestra historia la muerte.

La gran enseñanza de este fragmento del evangelio es que no caigamos en la tentación de reducir a Dios a un simple superhombre; una especie de Papá Noel al que pedimos regalos que nosotros no podemos conseguir por nosotros mismos, porque por muy «súper» que fuera, seguiría estando limitado por los mismos límites que lo estamos nosotros. La posibilidad de que el ser humano alcance su plenitud radica en que Dios sea Dios, con la capacidad de trascendencia, solidez, estabilidad y permanencia que ello supone. Por eso, Jesús puede afirmar: «No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos».

Victoriano Montoya Villegas

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