Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Esperar no es lo mismo que vigilar

Existen palabras que, en una escritura rápida, parecen intercambiables. Por ejemplo: comer y alimentarse, mirar y ver, oír y escuchar… Sin embargo, cuando nos fijamos con un poco de atención en estos pares de palabras podemos descubrir que la segunda palabra aporta un grado de profundidad en la acción que no contiene la primera palabra. También en el vocabulario propio cristiano es posible que utilicemos indistintamente el par de palabras esperar y vigilar.

Aunque a veces se nos olvida, la realidad que contemplamos y en la que vivimos, no es eterna. Nuestra vida y la creación entera tienen un final, de la misma manera que tuvieron un principio. ¿Cuándo será ese final? Nadie lo sabe. Será cuando el Señor considere que ha llegado el momento de llevar a plenitud la obra de la salvación. Hasta ese momento y dado que no depende de nosotros, es posible que pensemos que es suficiente esperar a que esto suceda. Sin embargo, la llamada de Jesús no es a la mera espera pasiva, sino a la actitud activa de la vigilancia.

Quien está vigilando mantiene siempre la tensión propia de quien sabe que algo puede pasar en cualquier momento. No se relaja en su actitud sino que, sabiendo que su vida depende de ello, está atento a todo lo que sucede y si la guardia es de noche, procura tener a mano una buena fuente de luz que le permita contemplar qué pasa, incluso en la oscuridad. La llamada de Jesucristo a sus discípulos a que mantengan encendidas sus lámparas y que tengan provisión de aceite para rellenarlas y poder seguir alumbrando, es una llamada a no relajarnos en nuestra vida como cristianos que caminamos en la oscuridad de un mundo que vive como si Dios no existiese.

Con esta parábola, Jesucristo llama a sus discípulos a no situarnos en una actitud de simple espera, sino que mantengamos una actitud de vigilancia. La pregunta que surge es rápida: ¿cómo distinguir una actitud de otra? ¿cómo sé que estoy vigilando y no solo esperando? La respuesta nos la ofrece el mismo Señor cuando enseñó a sus discípulos: «así ha de brillar vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos».

El cristiano que es capaz plasmar su fe en las buenas obras del día a día es aquel que ha pasado de la espera a la vigilancia. Es también aquel que iluminando con la luz de su esperanza puede ayudar a los demás a que salgan de su actitud de espera y, encendiendo sus lámparas, comiencen a ser vigías que aguardan a que su Señor llegue y, llenos de alegría, entren a participar del banquete de la creación nueva.

Victoriano Montoya Villegas

 

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