Comentario Bíblico Ciclo C

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

Lo que no es religión

Este domingo volvemos a leer una parábola de Jesús. Aunque una primera lectura del texto pudiera hacernos pensar que esta enseñanza versa sobre la oración, sería bueno fijarse con más atención y darnos cuenta que, en realidad, trata sobre el fundamento de la misma. Se podría afirmar que la oración sería como la fiebre, es decir, un síntoma de cómo entendemos nuestra relación con Dios, que es de lo que verdaderamente trata esta parábola.

La vida religiosa es la expresión de la relación personal entre Dios y cada uno de nosotros y la oración es la expresión de esa relación. En la parábola propuesta por Jesús, aparecen dos modos de entender la religión. Ambas maneras aparecen reflejadas por dos personajes de la sociedad judía de la época de Jesús. En primer lugar, un fariseo, aquellos que se enorgullecían de ser estrictos observantes de todos y cada uno de los preceptos de la ley de Moisés. En segundo lugar, un publicano, persona dedicada a colaborar con el Imperio Romano y encargados de cobrar los impuestos, lo que les llevaba a perder la consideración y el respeto de la sociedad de su época.

Estos personajes representan dos maneras muy diferentes de entender la relación con Dios. El fariseo entiende la religión como una relación mercantil. Cuando habla con Dios, no busca crecer en la amistad con Él, sino presentarle todos los méritos que ha logrado; ayuda dos veces por semana, cuando solo era aconsejado una vez; paga el diezmo de todo, cuando solo había que pagarlo de determinados productos. Va más allá de lo marcado por la ley, pero todo ello lo hace para hacer a Dios deudor suyo y, posteriormente, poder exigirle reciprocidad y hacer que Dios le devuelva lo que le «debe»  a la manera que él quiera.

El segundo personaje, el publicano, aun siendo considerado como alguien que está fuera de la comunidad de los «perfectos» de Israel, ha sido capaz de comprender que en la religión todo nos es dado. Que a Dios no hay que «comprarlo», porque previamente ya nos lo ha dado todo. Él ha salido en nuestra busca, nos ha llamado a su amistad, nos ha reconstruido en lo más profundo de nuestro ser con la Encarnación, vida, muerte y Resurrección de su Hijo y, por si fuera poco, nos ha ofrecido una vida que no tiene fin. Todo ello, sin que nosotros le hayamos tenido que dar nada.

La parábola de estos dos modos de entender la religión nos enseña que vivir de una determinada manera, seguir unos mandamientos o reproducir en nosotros determinadas actitudes, no nace de la obligación o el miedo, sino del amor que intenta responder a un Amor más grande que primeramente se nos ha dado.

Victoriano Montoya Villegas

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