Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

No es mérito, es gracia

Cuando el gran arquitecto Bernini diseñó la plaza de San Pedro del Vaticano, la concibió como dos grandes brazos abiertos dispuestos a abrazar a todos los que se acercasen hasta ella. De hecho, aquella intuición del gran maestro italiano se ha convertido en una realidad cada vez que se produce una celebración del Santo Padre. Hombres y mujeres, niños y mayores procedentes de todos los rincones del mundo se reúnen en un mismo lugar para celebrar su fe.
Si nosotros alzamos nuestra mirada para contemplar cualquier iglesia parroquial, de pueblo o de ciudad, comprobaremos que, a su escala, también se reproduce ese encuentro de personas distintas, cuyo único mérito para estar ahí es haber sido invitados por Cristo para celebrar la misma fe.
Ser cristiano es responder afirmativamente a la llamada que Jesús mismo hace a cada uno de nosotros. No se exigen condiciones previas. Sin embargo, sí se exige que esa respuesta no quede en el ámbito de la sola idea. Ha de traducirse en un comportamiento concreto. Según el evangelio de hoy, «en vestir el traje de fiesta».
Evidentemente, cuando el evangelio habla en estos términos, no nos llama a ponernos unas ropas determinadas, sino a revestirnos de Cristo, como enseña san Pablo. Esta exigencia significa que el cristiano no puede limitarse a vivir su fe de manera ideal, sino que ha de plasmarse constantemente en aquellas obras que imitan el modo de vivir de Cristo.
La gran crítica que Jesucristo realiza al pueblo de Israel es que, siendo el pueblo elegido por Dios, se ensimismaron tanto en este don divino que no fueron capaces de ponerlo en juego en su vida. Confundieron gracia con mérito y creyeron que solo por el hecho de haber sido invitados por Dios a recorrer la vida junto a Él, ya habían cumplido suficientemente.
Jesucristo no quiere que sus discípulos caigan en el mismo error. La elección por parte de Dios y la invitación a seguirlo en nuestra vida no es mérito alguno por nuestra parte, sino solo el primer paso de un camino que durará a lo largo de toda nuestra vida. Por eso, cuando no nos vestimos con el traje de fiesta de las buenas obras o no caemos en la cuenta de que nuestro vestido se está manchando por el pecado, deberemos volver a limpiarlo para que sea digno del banquete al que hemos sido convocados. Pero incluso entonces, será la generosidad del Rey que nos invita a las bodas la que devuelva nuestra vestimenta a su esplendor original y, nuevamente, sin mérito alguno de nuestra parte, sino por pura misericordia y generosidad por su parte.

Victoriano Montoya Villegas

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