DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO, por Manuel Pozo Oller
Viñadores malvados

La parábola de los viñadores malvados es una historia triste, historia de amor no correspondido. En efecto, el amor sin medida de Dios a su pueblo, a quien piropea como “viña preferida”, no obtiene una respuesta amorosa, llena de gratitud. El texto de este domingo XXVII del Tiempo ordinario (21,33-43), leído a la luz de la Pascua, cobra mayor dramatismo, en el contexto de la subida de Jesús a Jerusalén.
La escena que describe el Evangelio era bien conocida por los oyentes de Jesús. El pasaje refleja bien la situación de Galilea, donde la propiedad de la tierra se había ido concentrando en manos de las clases altas. Esta situación provocó una gran inestabilidad social, que daría lugar a algunos movimientos de campesinos que se rebelaron contra las familias pudientes o contra los romanos que les cobraban los impuestos. La narración, introduce como cruel novedad, la osadía de los viñadores que se atreven a quitar la vida al hijo del dueño «para quedarse con su herencia».
El texto comienza con una llamada de atención a los dirigentes; “escuchad”. Prosigue explanando su enseñanza con un rico sentido simbólico: el propietario representa a Dios; la viña, como ya cantó el profeta Isaías, representa a Israel; el trabajo y la dedicación al cultivo por parte del dueño muestran la solicitud de Dios por el pueblo elegido; los viñadores son figura de los dirigentes que se han convertido en “homicidas”; el fruto, es el amor al prójimo que se plasma en el cumplimiento del derecho y la justicia; los criados, representan a los profetas; la reiteración de los envíos manifiesta la paciencia del Señor ante aquellos labradores díscolos; el Hijo y el heredero es Jesús, el Mesías.
Es evidente que el pueblo elegido rechaza la buena noticia de Jesús. Aun así, Dios no se cansa de enviar mensajeros. Lo hizo antes y después del destierro de Babilonia. El ambiente se fue enrareciendo y empeorando progresivamente. La acogida a los enviados del amo de la viña se torna rechazo y persecución. Éstos son maltratados, apaleados, se les da muerte, se les apedrea. La escena se repite, una y otra vez, como muestra de la infidelidad del pueblo. Con las cosas así, con la evidente ingratitud, Dios no se cansa e insiste ahora enviando a su Hijo con el convencimiento de que “al menos a él lo respetarán”.
La alegoría concluye con una interpelación: ¿qué hará el dueño de la viña cuando vuelva? La respuesta de Dios será resucitar a su Hijo de entre los muertos, convertir en piedra angular la piedra desechada por los arquitectos. De este acontecimiento nacerá el nuevo Israel, un pueblo de seguidores, la nueva viña del Señor, llamada a dar fruto.
Manuel Pozo Oller
Parroquia Ntra. Sra. de Montserrat





