Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Beato o buena persona ¿sólo existen estas opciones?

El fragmento del evangelio de san Mateo que escuchamos este domingo termina con una expresión que se ha extendido tanto dentro de nuestra tradición que lo utilizamos como si se tratase de un refrán más y olvidamos que se trata de palabras del mismo Jesucristo. Concluye el evangelio con la expresión: «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

El problema se plantea cuando esta respuesta que da Jesús a una pregunta capciosa la interpretamos de manera disyuntiva, que es como ha pasado a formar parte del acerbo cultural. Es decir, se considera que Jesucristo quiere enseñar a sus discípulos que la vida del cristiano ha de dividirse en dos partes. Una parte, la vida de las cosas de este mundo: trabajo, vida social y familiar, dinero, diversión, tiempo libre… Y otra cosa es la parte de la vida dedicada a Dios. Y que entre ambas partes no existe relación o interferencia. Se consideraría que Dios no tiene nada que decir respecto al resto de los ámbitos de la vida del cristiano más que en el ámbito reservado para la religión.

Esta interpretación, aunque errónea, está muy extendida. Hasta tal punto es así que, en nuestro subconsciente colectivo, hemos creado dos grupos de personas. Por un lado están «las buenas personas». Por otro lado, están los «beatos». Las buenas personas son aquellos que atienden magníficamente a sus deberes cívicos e, incluso, por altruismo, realizan acciones asistenciales a quienes lo necesitan. Pero, para ellos, Dios no cuenta en su día a día. Los beatos serían aquellas personas que cumplen magníficamente sus deberes para con Dios, de las puertas del templo hacia dentro, podríamos decir, pero su fe no se ve reflejada en las acciones cotidianas ni en su relación con los demás.

Frente a esta disyuntiva, muy extendida dentro de la comprensión hebrea de la religión de la época de Cristo, Jesús propone a sus discípulos que no caigan en enmarcarse dentro de uno de estos grupos, sino que sepan aunar lo mejor de ambos en su propia vida. El buen cristiano es aquel capaz de conjugar en su vida los deberes para con Dios y la plasmación de su fe en la vida diaria por medio de obras que están impregnadas por la fe en Dios. Los cristianos no debemos ser solo buenas personas porque nos muevan sentimientos nobles, sino porque nos mueve nuestra fe en Dios. Una fe que no se queda encerrada dentro de las paredes de las iglesias, sino que se hace vida en la vida diaria de los cristianos. Por tanto, los cristianos somos los que damos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Victoriano Montoya Villegas

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