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DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO, por Manuel Pozo Oller

Tributo al César

La liturgia nos ha recordado en domingos anteriores la llamada de Jesús a “ir a trabajar en su viña”. Esta llamada alcanza su cima en este domingo mundial de las misiones (Domund), que este año celebra el centenario de su fundación (1926–2026). La campaña misionera, en esta fecha redonda, se presenta bajo el lema «Uno en Cristo, unidos en la misión».

El pasaje de este domingo XXIX del Tiempo ordinario (Mt 22,15-21) es, en toda regla, un complot premeditado para poner a Jesús en un aprieto. Los fariseos han escuchado las parábolas del reino y están furiosos porque en ellas se ven retratados. Malhumorados buscan un pretexto para acabar con el predicador. Para desacreditar su mensaje le plantean con mala idea un problema espinoso, con tintes políticos, convencidos que la respuesta que dé, o bien, le enfrentará a los romanos, beneficiarios de los impuestos, o por el contrario, enfadará al pueblo, enemigo de pagar impuestos.

Los fariseos, siempre tan rebuscados y polémicos, preguntan a Jesús fingiendo curiosidad. En la delegación que interroga a Jesús también hay partidarios de Herodes, simpatizantes del poder invasor romano y explotadores del pueblo. Es curioso que partidos tan distintos haga causa común.

La escena comienza con el incienso de las alabanzas.  Cortésmente se dirigen a Jesús llamándole “Maestro” para continuar con lisonjas tales como “eres sincero”, “enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”, “no te fijas en las apariencias”. Toda una estrategia de suavidad maquiavélica para llegar a la cuestión de lo que les interesa.

No era pequeño el aprieto. Ante este equilibrio inestable entre Dios y el dinero, algunos judíos, como los zelotas y grupos revolucionarios, defendían posturas radicales en contra del emperador y, por supuesto, estaban en contra del pago de impuestos en cuanto suponía un reconocimiento del poder invasor y una falta grave al primer mandamiento (Dt 6,5). Otros, por el contrario, los partidarios de Herodes y el alto clero estaban a favor del impuesto, porque se beneficiaban de él. Los fariseos no se oponían tan violentamente, pero estaban cerca de la postura de los grupos revolucionarios. La pregunta, en consecuencia, estaba cargada de mala intención.

Jesús “comprende la mala voluntad” de sus interlocutores. No se anda con rodeos y les llama en su cara “hipócritas”. Le presentan una moneda, un denario, y pregunta de quién es la efigie y dice: «pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», En verdad, al emperador le pertenecen las monedas que llevan impresa su efigie, pero solo a Dios debe someterse el ser humano como Señor absoluto. Solo cuando se es fiel a Dios se devolverá al pueblo lo que se le ha robado.

Manuel Pozo Oller

Párroco de Montserrat

 

 

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