Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Esta misa vale para mañana?

Es frecuente que a los párrocos se nos pregunte: ¿esta misa vale para mañana? O ¿hasta qué momento de la misa puedo llegar para que se considere que he oído misa completa y cumpla con el precepto dominical? Estas preguntas y otras similares son expresiones de fariseísmo que quedan en nuestra práctica religiosa. Por fariseísmo no hemos de entender hipocresía, sino una manera de entender la relación con Dios que se fija más en las formas exteriores que en la actitud del corazón.

Frente a estas preguntas que habitualmente se hacen, Jesús enseña que el cristiano debería preguntarse: si hoy he asistido a una celebración de la misa en la que hemos pedido a Dios el descanso eterno de algún conocido o familiar, ¿tanto sacrificio me supone participar mañana domingo de la celebración de la misa con la comunidad parroquial? O, si he llegado tarde a misa ¿es por pereza y apatía o porque realmente no he podido llegar a la hora correcta? En realidad, Jesucristo pide a sus discípulos que no se preocupen tanto de la letra de la ley, sino que se preocupen por el espíritu de la norma. Dicho en palabras más contundentes: que se preocupen por cómo viven en su corazón su relación con Dios.

Cuando una persona se centra solo en el cumplimiento de la norma sin que haya implicación del corazón, cae en el fariseísmo y en la reducción de la religión a una carga insoportable. Trampa en la que han caído muchos hermanos nuestros y, por eso, han abandonado la vida cristiana. Por otro lado, vivir la fe solo a partir de los dictados del propio corazón sin atender a las normas y mandamientos, lleva a apartarse de la comunidad a la que Cristo legó los dones de la salvación; la Iglesia. Lleva al individualismo excluyente, a un intento de autosalvación en la que ni siquiera Dios parece necesario.

Jesús nos enseña que en la vida cristiana debe existir un equilibrio entre la norma y el corazón. De hecho, las normas o mandamientos son solo el camino que sirve al corazón para crecer en el amor. Por eso, no debe establecerse una disyuntiva entre el cumplimiento de las normas establecidas y el sentimiento del corazón. La experiencia de Dios y, por tanto, la vida religiosa, abarca la totalidad de la persona, siendo el amor el resultado de ese encuentro con Dios. Pero esto no debe llevarnos a despreciar aquellas orientaciones que la vida y experiencia de la Iglesia nos propone como testigos que nos orientan en nuestro caminar y crecimiento religioso. Hay que buscar el crecimiento del amor a Dios sin descuidar el cumplimiento de nuestras obligaciones.

Victoriano Montoya Villegas

 

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