Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Dios y nuestros fracasos

Todos conocemos cómo terminó el ministerio público de Jesús. La cruz no supuso solo el final de su vida terrena sino, también, el mayor fracaso del ejercicio de su misión mesiánica. La cruz es muerte pero, sobre todo, fracaso e ignominia. Sin embargo, la cruz no fue único fracaso que experimentó Jesús. A lo largo de su ministerio público fueron muchas las ocasiones en que fue golpeado por resultados adversos e inesperados. Jesucristo, que asumió una existencia humana como la nuestra, no se libró de las contrariedades de la vida.

El evangelio de hoy nos habla de uno de esos fracasos que vivió Jesús; el rechazo de sus paisanos. El argumento que los habitantes de Nazaret ofrecieron para no aceptar la palabra de Jesús fue que, para ellos, era demasiado cercano, conocido y pequeño. Que era solo el carpintero del pequeño pueblo y, por tanto, no podía hablar con autoridad ni realizar milagros. Si Jesús se hubiese presentado ante sus compatriotas desplegando todo el poder propio de Dios, nadie hubiera puesto en duda su palabra. Pero el camino elegido por Dios en su deseo de dar vida al ser humano ha sido siempre el ofrecimiento y no la imposición. Se podría decir que en su deseo de ser amigo del hombre, Dios nunca ha querido asustarnos, por eso, siempre se ha acercado a nosotros desde la pequeñez y la humildad. Como hizo Jesús entre sus paisanos de Nazaret.

La experiencia del fracaso, tan común entre todos los seres humanos, constituye para los cristianos una verdadera piedra de toque en su relación con Dios. Ante una situación de derrumbamiento de las propias expectativas, no es extraño que el cristiano pregunte a Dios dónde está. En el fondo, lo que se está haciendo es pedir a Dios que despliegue todo su poder para que las situaciones adversas y dolorosas que contradicen nuestras ilusiones y deseos, muten y todo sigua según el plan y las expectativas que habíamos establecido previamente. Por ello, el fracaso supone, a veces, la repetición de la actitud de los nazarenos; rechazar a Dios porque se acerca a nuestra vida en pequeñez y humildad.

Frente a esta actitud, Jesucristo enseña, con su comportamiento en Nazaret, que, para la persona verdaderamente cristiana, el fracaso nunca puede llevar al cuestionamiento de Dios y de su amor providente. Muy al contrario, debe suponer un momento de reflexión y de confrontación de la propia vida y de los proyectos personales con la voluntad de Dios. Porque, cuando la vida del cristiano responde a la voluntad de Dios, los fracasos se convierten en contrariedades y, cuando son asumidas con espíritu cristiano, se transforman en ofrecimiento de la propia vida a imagen de Jesucristo.

Victoriano Montoya Villegas

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