Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Hasta dónde confiamos en Dios?

Cuentan que, durante la época nazi, un joven fue encerrado en lo que llamaban: “celdas de castigo”. No puedo precisar si se trataba de un joven judío o no. Tampoco, si se trataba de un campo de concentración o no. Y, desgraciadamente, no puedo proporcionar información sobre lo que ocurrió con aquel muchacho. Pero cuando, al tiempo, aquella celda se abrió, apareció vacía y solo había en ella una inscripción que decía: “creo en el sol, aunque no brille para mi. Creo en el amor, aunque no me rodee mas que odio y violencia. Creo en Dios, al que no veo y a pesar de lo que veo”.

A nadie se nos escapa que estamos viviendo una situación difícil y puede parecer que no es momento de pararnos a hacer preguntas trascendentes, pero precisamente ahora es una buena ocasión para hacer una alto en nuestra vida y ver cómo la hemos construido. Una primera pregunta que podríamos hacernos es: ¿en que nos diferenciamos los cristianos de los que no lo son? Una respuesta que no coincide con las más habituales es: en la manera en que los cristianos afrontamos nuestros miedos.

Tanto a los grandes como a los pequeños miedos y dificultades de la vida, los cristianos nos enfrentamos de manera diferente. Y esto es así por dos motivos. El primero, saber que ninguna dificultad que se nos presente en la vida, la afrontamos solos. Jesucristo nos ha ofrecido un camino de vida que incluye su compañía constante, de manera que, cuando las fuerzas y la ilusión humana se agotan, la fuerza de Dios nos sostiene y hace que sigamos caminando.

Segundo, porque Cristo nos ha mostrado un punto fuerte donde poder anclar nuestra esperanza. El miedo hace que las seguridades humanas se tambaleen, sin embargo, cuando nuestra vida se construye sobre un cimiento que va mucho más allá que las seguridades intramundanas, es posible levantar una vida que no se derrumba cuando los problemas o los miedos nos cercan.

En el evangelio de hoy, Jesús enseña a sus discípulos que hasta los cabellos de sus cabezas están contados. Con ello quería decir que hasta los elementos que consideramos más insignificantes en nuestra vida, son tenidos en cuenta por Dios. Que nuestras alegrías son las suyas, igual que nuestros sufrimientos. Que nuestra fe no está sustentada en un Ser lejano que se ocupa sólo de las “grandes cosas”. Sino que creemos en un Dios tan cercano que, si comparte hasta nuestros pequeños desvelos, cuanto más no se preocupará de que nuestra vida alcance plenitud. Esta certeza es la que hace que los cristianos afrontemos las dificultades de la vida de manera diferente a pesar de que haya momentos en que nos cueste vislumbrar el rostro misericordioso de Dios en medio de la prueba.

Victoriano Montoya Villegas

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