Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Es difícil ser cristiano?

El desarrollo de las comunicaciones sociales, tanto físicas como digitales, ha posibilitado el conocimiento de sociedades, culturas y religiones como nunca antes se había logrado. Hoy, es factible conocer a personas de lugares muy distantes, cuya forma de entender la vida es muy diferente a la nuestra. Esta posibilidad de conocimiento ha llevado también a que tengamos contacto, más o menos profundo, con otras formas de entender la religión. En este contexto, no es extraño que surja la comparación entre otras religiones y el cristianismo. Esta comparación podríamos exponerla en forma de pregunta: ¿es difícil ser cristiano? Sin pretensión ninguna de intentar condensar en unas pocas líneas los miles de libros que se han escrito sobre este tema, pero teniendo delante la primera parte del fragmento del evangelio de hoy, podemos fijarnos en dos imágenes que nos ayuden a responder a la pregunta.

En primer lugar, hemos de fijarnos en la imagen de la semilla que es lanzada a la tierra y ella sola nace. De esta manera, Jesús enseña que el don de la fe comunicado a sus discípulos tiene fuerza suficiente para germinar por sí misma. La vida cristiana es, ante todo, el fruto que nace del don divino de la fe. Así, cada semilla producirá una vida cristiana propia y diferente de las demás, pero cuyo origen será siempre el mismo: Dios y su voluntad de salvación para toda la humanidad. A partir de esta primera imagen, podemos deducir que ser cristiano es, principalmente, acoger el don que Dios nos hace. Lo que parece no implicar demasiada dificultad.

La segunda imagen que hemos de tener presente es el final de esta parábola: «Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega». Esta es una imagen muy utilizada en la Biblia para hablar del juicio de Dios. De esta manera, Jesús llama a sus discípulos a tomar conciencia de la responsabilidad personal que tenemos cada uno de los que hemos recibido la semilla de la fe. Es cierto que el don de Dios tiene dentro de sí un dinamismo propio que lo hace germinar, siempre que no se ahogue dicha fuerza. Si aquel que recibe la semilla de la fe la esteriliza con el pecado o la desidia, esa semilla, que contenía vida en sí misma, quedará infecunda porque la «tierra» que la ha acogido no ha querido aportar su parte para que germine, florezca y de fruto.

A partir de la enseñanza de Jesús, podemos descubrir que lo maravilloso de la vida cristiana es que en ella se da el encuentro entre la grandeza de Dios y la pequeñez humana, siendo ambas necesarias. Por tanto, la dificultad de vivir en cristiano depende solo de las trabas que nosotros, como «tierra», pongamos al don, «semilla», que Dios ha depositado en nosotros.

Victoriano Montoya Villegas

 

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