Comentario Bíblico Ciclo C

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

Dichosos y Bienaventurados

Se lee este evangelio junto con Jeremías 17,5-8 y 1 Corintios 15, 12.16.20.

Jeremías nos ofrece un texto paralelo con malaventuranza contra el hombre que pone su confianza en lo débil y bienaventuranza para el que confía en Dios.

Jesús está con el grupo de los doce apóstoles, pero en torno a ellos hay numerosos oyentes, especialmente extranjeros. Jesús comienza el Sermón de la llanura (equivalente al Sermón de la montaña de Mateo 5-7) anunciando a todos los que sufren la desaparición total de sus desgracias, como la pobreza, el hambre, el llanto, y también la persecución. El anuncio de la venida del reino de Dios inicia los tiempos nuevos. Pero es también un cambio de situación para los que rechazan este reino: Jesús no los maldice, pero se queja y se lamenta por ellos.

Para todos nosotros debe quedar muy claro que Jesús no proclama a los pobres “dichosos” por el hecho de ser pobres, ni menos aún señala la pobreza como el ideal a vivir. Entenderlo así sería una grotesca burla contra todos los pobres y desheredados de la historia, es más sería una burla contra el mismo Jesús, que vivió rodeado de enfermos y pobres, precisamente para darles salud y alimento.

La dicha o felicidad de los pobres radica ahora en que ha llegado el Reino de Dios para ellos. Son dichosos porque el Reino de Dios les pertenece, nadie se lo va a arrebatar.  Jesús no les promete la felicidad en un futuro, les declara felices ahora.

Estas bienaventuranzas y los ayes forman el prólogo y la síntesis del Sermón de la llanura, en el que Lucas nos presenta el mensaje de Jesús profeta. Las bienaventuranzas están dirigidas a los discípulos, perseguidos y empobrecidos por su fidelidad a Jesús. Por esta fidelidad son bienaventurados. Lo que tiene que preocuparles son las alabanzas humanas, señal de falta de fidelidad al evangelio.

También debemos desechar ese fatídico error de considerar la pobreza como una ausencia material. También una carencia de generosidad hacia los demás, el no vivir en paz, ni trabajar para que ésta se extienda, no sentirnos afectados cuando la humanidad sufre o cuando alguien cercano a mí sufre, el vivir impregnado de envidia o rencor son otras de las muchas pobrezas que podemos vivir. Esas son también pobrezas dañinas que Dios no quiere para el mundo.

Sólo hay una pobreza deseable y restablece las relaciones del creador con su criatura, cuando ésta se reconoce débil y necesitada de su Padre, entonces realmente somos pobres de espíritu y nuestro corazón está preparado para abrazar y recibir a Dios.

Que Dios nos ayude a vivir este hermoso mensaje en toda su extensión. La Eucaristía nos acerca a ese ideal que Dios nos prepara. Nos alimenta y restablece nuestras fuerzas ayudándonos a vivir el Reino que Dios ha instaurado en la tierra.

Que Dios les bendiga

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