Comentario Bíblico Ciclo CVíctor Montoya Villegas

DOMINGO VI DE PASCUA. La verdadera paz

El denominado «discurso de despedida» del evangelio de san Juan, del que estamos escuchando distintos fragmentos a lo largo de estos domingos de Pascua, puede considerarse como un último esfuerzo, por parte de Jesucristo, para instruir a los apóstoles. Precisamente por la urgencia del momento que está viviendo Jesús; la inminencia de la Pasión, su enseñanza aparece muy condensada y densa. De ahí, que uno de los anuncios que hace Jesús en el evangelio de hoy, sea especialmente útil. Jesucristo anuncia a sus apóstoles que la comprensión de todo lo que Él les ha transmitido, necesita tiempo. Además, es necesaria la asistencia misma de Dios. Por eso, Jesús Resucitado, cuando vuelva al Padre, enviará al Espíritu Santo. Será el Espíritu Divino quien guíe a los apóstoles al conocimiento cierto de todo lo que Jesús les ha enseñado a lo largo de su vida entre ellos.

El conocimiento de Cristo es una tarea que nunca se acaba. Nadie puede pensar que ya conoce suficientemente a Dios. Cuando alguien cae en la tentación de creer que ha comprendido plenamente a Dios y su mensaje de vida, es porque seguramente no es Dios a quien ha conocido. Profundizar en el misterio de Cristo es una tarea que debe ocupar toda la vida del cristiano. No se trata solo de un conocimiento intelectual, sino, fundamentalmente, de un conocimiento vivencial. Es aquel que se adquiere en el trato directo y personal con la persona a la que se desea conocer. Es en la lectura continua de la Palabra de Dios y en la oración personal, donde se produce el conocimiento profundo de la verdad sobre Dios y sobre su amor, manifestado extraordinariamente en Jesucristo. El conocimiento intelectual sobre Jesucristo debe ser un propedéutico que nos anime y nos guíe en el conocimiento interior del Misterio de nuestra salvación.

La recompensa que se obtiene a través de este acercamiento a Dios es la paz. Si hiciéramos una encuesta sobre qué es lo que más deseamos, un porcentaje altísimo de respuestas coincidiría; la paz. No entendida como ausencia de guerra o violencia exterior, sino, fundamentalmente, como armonía interior. Más o menos equivalente a felicidad. La paz así entendida, es la meta hacia la que corremos todos. La paz que Jesucristo da, no se identifica con la ausencia de perturbaciones externas, sino con la armonía interior. De esta manera, es posible que las circunstancias externas no sean muy favorables, pero teniendo en nosotros la paz que solo Jesucristo da, nuestra vida estará siempre en armonía y nadie podrá arrebatárnosla.

Victoriano Montoya Villegas

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