Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO V DE CUARESMA

El verdadero rostro de Jesús

Cuando leemos los primeros versículos de este fragmento del evangelio, puede parecer que al evangelista san Juan se le ha olvidado escribir algunas líneas. El pasaje comienza con un grupo de «griegos», posiblemente prosélitos judíos que sienten curiosidad por aquel «Rabí de Nazaret», por eso piden a los apóstoles que les ayuden a conocer a Jesús. Las líneas que parecen faltar en el relato corresponderían a la respuesta de Jesús, accediendo o rechazando la petición de aquellos extranjeros. En su lugar, Jesús comienza a pronunciar esta enseñanza sobre su destino próximo. Sin embargo, no falta nada en el relato. Los forasteros piden «ver» a Jesús y Él se lo concede. De hecho, les muestra su rostro más perfecto: «si queréis verme de verdad, miradme en la cruz», les está enseñando Jesús.

En las palabras de Jesús sobre su destino inmediato, aparece también la gran enseñanza que da a todos sus discípulos, los de entonces y los de ahora: «el que se ama a sí mismo se pierde». Jesucristo llegará al madero de la cruz como consecuencia de su obediencia a la voluntad salvífica del Padre. Dios lo ha enviado al mundo para rescatarnos de la postración en la que vivimos por el pecado. La obediencia al Padre se convierte en el camino de la vida, no solo para Jesús, sino, también, para todos sus discípulos. Por ello, cuando el cristiano antepone su capricho, placer, gusto, intereses… al cumplimiento de la voluntad de Dios, se está alejando de la enseñanza y del camino de Jesús.

¿Significa esto que ser cristiano implica vivir en un azoramiento y sufrimiento constante? Nada más lejano a la realidad. La cruz no se hace presente en la vida de Cristo como un castigo divino. La cruz es el resultado del rechazo humano a la Persona de Jesús y a su mensaje. Pero cuando la cruz llegó a su vida, Jesús no la rechazó ni huyó de ella. El Padre Dios le había encargado consagrar su vida entera a la tarea de mostrar el camino de la misericordia y la vida y así lo hizo, aunque en ese camino se cruzase el tormento de la cruz. Un cristiano vive como tal cuando reproduciendo el modo de vivir de Jesús en su propia vida, no deja de hacerlo cuando también en su vida se hace presente la cruz. En ese momento, el discípulo de Cristo, mirando el verdadero rostro de su Maestro, sabe acoger la cruz y clavarla en el centro de su vida. También cuando nosotros subimos a nuestra cruz, estaremos a la altura adecuada para contemplar perfectamente el verdadero rostro de Jesús: el amor que no huye cuando aparece el sufrimiento.

Victoriano Montoya Villegas

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