Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

Ha llegado el momento

Cuando hablamos con personas que tienen ya cierta experiencia vital, es fácil darse cuenta que hay un momento que supone un antes y un después en la vida. Puede ser un enamoramiento, un nacimiento, un trabajo… o también puede ser un momento doloroso: una despedida, una muerte, un fracaso… Son esos momentos tan significativos en la vida que suponen un cambio de dirección en la misma. En los inicios de la actividad pública de Jesús, el arresto y posterior ejecución de Juan Bautista, fue ese momento en que comprendió que debía comenzar su actividad misionera de manera definitiva. El evangelista Mateo expresa lo que supuso este momento para toda la humanidad trayendo una cita del profeta Isaías: «el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».

En el comienzo de la predicación de Jesús, hay dos afirmaciones breves y contundentes. La primera es: «convertíos». Esta exhortación de Jesús está dirigida a todos los que le escuchan, entonces y ahora. La conversión es ese punto de inflexión vital que me lleva a reorientar mi vida en una dirección nueva; mejorando actitudes y comportamientos. La conversión se ha de comprender como posicionamiento vital constante, puesto que en el momento en que se olvida, el ser humano se resbala por la deslizante pendiente del egocentrismo, en el que «yo» se convierte en centro de gravedad sobre el que giran las personas y las cosas que forman parte de mi vida. Todo se valora desde la perspectiva de mi propia satisfacción. Convertirse es, por tanto, dejar que la luz de Cristo que comenzó a brillar en Belén y Cafarnaúm, sea la que constantemente vaya marcando la dirección por la que debe orientarse mi existencia. Solo así es posible salir del yugo del propio yo y abrir la vida a la plenitud que viene de Jesucristo.

La segunda afirmación de Jesús es: «venid y seguidme». Es una invitación a la amistad personal con él. Ser cristiano significa, fundamentalmente, compartir la vida con Jesús. No es un sistema abstracto de ideales, sino ser capaces de recorrer la vida confiado en la amistad del mismo Dios. Es fácil deslumbrarse por una idea, pero es igual de sencillo desilusionarse de ella. La amistad es un camino que exige tiempo y compromiso, pero que fragua unos vínculos capaces de soportar las más duras pruebas. Jesús llama continuamente a los cristianos a crecer en amistad con Él y el camino para hacerlo es la conversión constante.

Victoriano Montoya Villegas

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