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DOMINGO III DE CUARESMA, por Ramón Carlos Rodríguez García

Pasión por las cosas de Dios

Lecturas:  Ex 20, 1-17. La ley se dio por medio de Moisés (Jn 1, 17).  Sal 18. R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna. 1 Cor 1, 22-25. Predicamos a Cristo crucificado: escandalo para los hombres; pero para los llamados es sabiduría de Dios.  Jn 2, 13-25. Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

¿Quién hace de piedras pan sin ser el dios verdadero…? el dinero. Francisco de Quevedo y posteriormente Paco Ibáñez darían luz y música respectivamente a esta expresión, que en no pocas ocasiones de la historia han entristecido el ánimo y desvelado perversas intenciones. Este domingo tanto la Primera lectura como el Evangelio nos muestran dos pilares fundamentales de la religión judía: la Ley dada por Moisés y el Templo, lugar santo por excelencia. Ambos basamentos, cuyo objetivo es ayudar a caminar a un pueblo para que sus expresiones sean más justas, purificando los corazones en sus relaciones con Dios y con los demás, acaban oxidados por el metal del legalismo y el hierro de los intereses humanos.

Jesús comprende y expresa que estas coordenadas han quedado obsoletas. Proclama una nueva Ley que complementa y da forma a todas: el amor. El nuevo Templo es su cuerpo resucitado. Mientras que los otros evangelistas colocan esta escena de la expulsión de los mercaderes del templo, al final de la vida de Jesús, Juan la coloca al principio. Su intención es dejar manifiestamente clara la superación del Antiguo Testamento y del judaísmo. La Pascua que celebraban, debería ser un acontecimiento liberador, pero por el contrario se ha convertido en un acto deformado. El dinero se ha convertido en el mediador privilegiado. La casa del Padre ha olvidado su primigenio propósito para convertirse en casa de mercaderes que envilecen con sus transacciones el amor de Dios. El gesto de Jesús, más allá de su aparente aspereza, clausura un tiempo ya superado en su propia persona.

En adelante el Templo será Jesús. Ofrece su propia Pascua con su muerte y resurrección. Una batería de preguntas emergen insolentes tras la proclamación de la Palabra: ¿Es mi Iglesia un lugar donde encontrarnos con el Padre que nos invita constantemente a preocuparnos por los hermanos? ¿Son nuestras celebraciones espacios de encuentro con Jesucristo que nos llama a construir su Reino? ¿Son nuestras Eucaristías dominicales serenos diálogos con la Buena Noticia? Esta cuaresma viene a expulsar de mi vida todo lo que la aleja de Dios y me impide ser verdadero hermano.

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

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