Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO II DE CUARESMA

Cuando el bienestar no lo es todo

A lo largo de la historia, los seres humanos han luchado por la conquista de condiciones vitales que se han comprendido como auténticos valores que completan la vida. Libertad, igualdad de oportunidades, capacidad de decisión… han sido conquistas por las que los seres humanos han luchado. Hoy, el centro de interés se ha desplazado desde los grandes valores humanos a las pequeñas conquistas personales. Dentro de ellas, bienestar, comodidad, tranquilidad, descanso… han adquirido un protagonismo especial. Se valoran tanto que el resto de la vida y la toma de decisiones se hacen en función de si aumentan el bienestar o no.

En el segundo domingo de cuaresma escuchamos un momento de la vida de Jesús que, cuando menos, nos resulta llamativo. Es el episodio de la “Transfiguración». Mientras se dirige a Jerusalén, Jesús subió, junto a tres de sus discípulos, al llamado monte Tabor. Allí «se transfiguró delante de ellos», dice el texto evangélico sin dar más explicaciones. Con frecuencia, este momento se ha leído como un gesto destinado a evitar en los discípulos el escándalo que va a producirles el acontecimiento de la cruz.        Esta lectura parece contraponer dos momentos de la vida de Jesús, de tal manera que el momento de dolor y sufrimiento pueda vivirse de manera amortiguada mientras se piensa en el bienestar del Tabor. El problema es que cuando el dolor se presenta en la existencia humana y se intenta hacer como que no existe, se pierde la oportunidad de poder mirarlo de frente y asumirlo como posibilidad de purificación personal de todas aquellas falsas seguridades vitales sobre las que hemos construido nuestro bienestar vital. Es cierto que el dolor y el sufrimiento por sí mismos no tienen sentido y no sirven para nada. Pero también es cierto que, si solo valoramos el bienestar y lo constituimos en el único fin de nuestra vida, nos convertimos en unos adolescentes permanentes cuyo único objetivo es el entretenimiento y pasar el rato.

Ser capaces de afrontar las contrariedades de la vida y el dolor que de ellas nacen, nos hace capaces de comprender y compartir vitalmente los mismos sentimientos de Cristo en el momento en que, abrazándola con todo el amor del mundo, carga con la cruz sabiendo que con la renuncia a su propio bienestar y tranquilidad va a dar la vida a los demás. En Cristo no hay contradicción entre Tabor y Calvario. La línea de unión entre todos los momentos de su vida está en que Cristo es capaz de ver en todos ellos, buenos y malos, la posibilidad de cumplir la voluntad del Padre Dios y, en ello, el propio crecimiento y madurez, al mismo tiempo, que la salvación de los demás.

Victoriano Montoya Villegas

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