Comentario Bíblico Ciclo A

PENTECOSTÉS

¿Tendríamos que decir 7+1?

En un pasaje muy secundario de la gran novela Guerra y paz, se describe una escena familiar entrañable. El protagonista, Pedro Bezújov, tras un viaje a la ciudad, regresa a la casa de campo donde le espera su familia. A todos les ha traído regalos, pero la más agradecida es su suegra. Su agradecimiento raya casi lo desproporcionado y el mismo Pedro llama la atención sobre ello, máxime cuando la suegra ni siquiera ha abierto el regalo. Aquella mujer, con gran calma le contestó que su gratitud no era por el regalo en sí, sino porque se había acordado de ella.

En el fragmento del evangelio de hoy se nos describe uno de esos encuentros que mantuvo Jesús Resucitado con sus discípulos. En este encuentro, los discípulos reciben tres regalos: alegría, paz y la capacidad de perdonar los pecados. Este tercer regalo se convierte, al mismo tiempo, en una tarea. A partir de ese momento, los apóstoles quedan constituidos en cooperadores de la misión que ha realizado Jesucristo; reconstruir en la humanidad todo aquello que el pecado ha destruido en nosotros.

La tradición de la Iglesia nos habla de los siete dones del Espíritu Santo. En el evangelio de hoy se nos recuerda cuál es el fundamento que hace posible que podamos recibir esos dones; vivir en amistad con Dios. El pecado es como esas interferencias que se cuelan en nuestras llamadas de teléfono. Cuando la interferencia es pequeña, podemos seguir manteniendo la conversación, pero cuando son muchas o muy fuertes, la comunicación se interrumpe. Poder recibir del amigo sus buenas noticias, consejos, ayuda y consuelo solo es posible cuando existe posibilidad de conversación. Cuando se introducen las interferencias, hay que limpiarlas para que la conversación vuelva a ser clara. Recibir sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, temor de Dios, fortaleza y piedad solo es posible si primero recibimos el don que Jesucristo entregó a sus apóstoles; poder recibir el perdón de los pecados.

El don del Espíritu Santo es para la humanidad un verdadero regalo. No solo porque es Aquel que nos permite seguir profundizando en la vivencia del misterio de nuestra salvación, haciendo posible que la Palabra de Dios siga iluminándonos y los sacramentos de la Iglesia tengan la capacidad de darnos la vida misma de Dios, sino, sobre todo, porque es el testimonio vivo de que Dios Padre sigue acordándose constantemente de nosotros. Saber que Dios siempre se acuerda de nosotros debería ser motivo suficiente para llenar nuestra vida de aquella alegría propia del cristiano que afronta su vida y sus dificultades, con el optimismo propio de quien sabe que siempre hay alguien que mira por él y lo ama profundamente.

Victoriano Montoya Villegas

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